Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi novio y yo llevamos varios años siendo pareja, ocho saliendo y cinco viviendo juntos. Sin embargo, la casa en la que vivimos no es de los dos, la compré yo hace cuatro años y vivimos en ella, compartiendo gastos y felicidad cotidiana. La casa no es muy grande, tiene tres habitaciones: la de matrimonio y otras dos. Éstas dos últimas son bastante pequeñas, una se puede considerar habitación típica de niños pero un poco pequeña y la otra un despacho.
Cuando nos fuimos a vivir a la casa nos quedamos cada uno con una de las habitaciones. Él se quedó con el despacho, porque se puede cerrar y tiene una afición desmedida por pintar figuritas de Warhammer (y no quiere que entren los gatos y se las tiren) y yo me quedé con la que es un poquito más grande, cuya puerta es plegable y no cierra bien. Puse un escritorio (para estudiar mis oposiciones y para hacer mis cosas, que siempre lo necesito) y unas estanterías que en seguida llené de libros, mi auténtica pasión. Además, la convertí en un gimnasio para los gatos.
Estábamos tan contentos y de repente ¡Pum! ¡Embarazo! Pues el triple de contentos. No cabíamos en nosotros de gozo. Pero es que tampoco cabíamos en casa, así que hubo que reorganizar todos los espacios pensando en el terremotillo que se nos venía encima. Justo coincidió con que mi novio cambió de trabajo a uno en el que teletrabajaba dos días por semana. Había que sacrificar una habitación para el bebé y en ningún momento hubo dudas de cuál iba a ser, pero con esto último ya sí que quedó decidido: la mía.
Hice de tripas corazón y empecé a recolectar mis libros. Dos estanterías del suelo al techo llenas de libros que se quedaban huérfanas. Gracias al cielo, tengo una casa en el pueblo en la que todavía me caben bastantes (cada vez menos), así que cada vez que íbamos al pueblo llevábamos un cargamento de cajas llenas de libros, muñecos, cuadros, cositas para hacer manualidades, etc., que yo ya no podía tener en casa.
Al principio me resistí a dejar marchar todos mis libros e intenté por todos los medios buscar un nuevo sitio en la casa para dejar al menos una estantería… Cosa muy complicada porque, como he dicho, es pequeña. Me fui cayendo del burro y dándome cuenta de que era una misión imposible. Así que me he tenido que conformar con tres baldas de la estantería que tenemos en el salón.
Me he quedado prácticamente sin libros a mano (mi pasión, no entiendo la vida sin ellos) y sin habitación propia, Virginia Woolf no estaría nada contenta con esta situación. Pero bueno, todo ha sido por darle un espacio seguro y agradable a nuestro bebé, estoy feliz con ello y no me arrepiento.
No me arrepiento, pero no dejo de notar que mi espacio en la casa se ha quedado reducido a tres baldas de una estantería del salón y a la mesa del salón cuando necesito trabajar en ella. Sin embargo, él tiene otras tres baldas de la misma estantería, un despacho con una mesa grande y dos estanterías llenas de sus muñequitos y sus cosas. No me quejo, por ahora para mí es suficiente porque mis cosas están en el pueblo.
Eso sí, hay una cosa que me repatea sobremanera: cada vez que compro un libro nuevo me monta unas broncas de aquí te espero. Que si no veo que no hay más sitio en casa, que deje de comprar libros porque no caben. Y a mí me llevan los demonios, ¡cómo que no hay más sitio! Claro que lo hay, ¡el que tiene él! Yo me he quedado con media estantería y él con una habitación y no ha dejado de comprarse muñequitos para pintar porque haya nacido nuestro bebé.
Creo que yo he renunciado a mi habitación propia, a mis libros, he dejado mis posesiones más preciadas al mínimo posible y cuando compro un libro nuevo otro de los viejos se va al pueblo. Me parece muy injusto y me cabrea. Yo he dado la vuelta a mi vida entera desde que supimos del embarazo, he renunciado a tener mi propio espacio y mis cosas y siento que él no ha cambiado absolutamente nada de su vida por la nueva situación. Es lógico que él se quede con él despacho, porque lo necesita para trabajar, pero que encima esté fiscalizando cada libro que me compro y echándomelo en cara como si la falta de espacio fuera culpa mía…
No sé, ¿a vosotras os ha pasado algo parecido? Creo que al final nosotras renunciamos a lo que haga falta por nuestras criaturas y ellos por perder un zapato ya parece que están dando la vida.
