Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Trabajo de camarera en un bar del centro desde hace ya casi tres años. Es mi curro y también un poco mi segundo salón de casa porque paso ahí más horas que en ningún otro sitio.
Hace seis meses descubrí que mi ex me había puesto los cuernos. Y no fue una sospecha, fue con pruebas y todo. Mensajes, fotos, el pack completo. Lo negaba al principio, luego vino la llorera, el «fue solo una vez», el «no sabía lo que quería», bla bla bla. Lo dejé. Me dolió pero lo dejé. Me costó muchísimo porque era alguien con quien llevaba casi dos años y creía que iba en serio.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor ha venido después.
Resulta que la chica con la que se acostó viene a mi bar. No una vez, viene cada semana. A veces sola, a veces con amigas. Se sienta, sonríe, me pide cafés como si nada. Como si yo no supiera quién es. Como si no hubiera estado metida en mi cama hace no tanto.
Al principio pensé que era casualidad. Luego que no me había reconocido. Pero no claro que me ha reconocido. Mi jefe la adora porque siempre deja buenas propinas y viene a menudo. Yo no he dicho nada. Ni a ella, ni a él, ni a nadie. Me muerdo la lengua. Sonrío. Le pongo el café. A veces tiemblo un poco pero nadie lo nota.
Y me estoy empezando a volver loca.
No sé si hablarlo con ella. No sé si decirle a mi jefe que me incomoda. No sé si estoy exagerando. Pero cada vez que la veo entrar me duele el estómago y me enfado conmigo misma por seguir callando.
Estoy harta de sentirme pequeña en mi propio trabajo.
