Imagínate que tuvieras un lunar sobre la rodilla muy llamativo. Llamativo no por el lunar en sí, que no deja de ser un lunar, sino porque desde la infancia te bombardean con la idea de que ese tipo de lunar es horrible y hay que rechazarlo.
Cuando eres pequeña, algunos niños y niñas te señalan tu manchita, incluso se burlan de ella. Muchos mayores te dicen que no puedes tener un lunar así, que es una pena. Tú no entiendes qué tiene de malo tu lunar. ¡Pero si es un lunar, está sano y no hace daño a nadie!
Te haces adolescente y la cosa se complica. Ya no eres tan inocente. La vida se mide en todos y nadas, en blancos y negros, no hay matices. Te importa demasiado la opinión de los demás. Curiosamente la opinión que más te importa es la de quien menos debería importante… pero esto aún no lo sabes. Ya lo aprenderás más tarde.
Vas a las tiendas y ¡oh, sorpresa!… en la mayoría no hay nada para ti. Porque las prendas no lucirían bien si las llevas con ese lunar. ¿Pero por qué no tienes derecho a llevar la misma ropa que tus amigas? Solo te queda ir a tiendas lunares-friendly, que son mucho más caras. Qué humillante y qué injusto.
En esa época tan vulnerable también descubres que a algunos chicos no les gustas nada por tu lunar. A otros sí les gustas, pero no puede saberse por lo que puedan pensar sus amigos. WTF. (Claro que también había chicos a los que les encantaba tu lunar, pero no se veían a simple vista.)
Así que todo se hace más triste. Y te convences de que el malo no es ese chico al que no le gusta tu lunar, ni el que burló de él por la calle, ni esa señora que dijo que qué pena que lo tuvieras, ni las tiendas donde no había ropa para tu lunar, ni todos esos momentos incómodos provocados por ese punto sobre tu rodilla que siempre se convertía en tu carta de presentación: la culpa es TUYA, porque tu lunar no es como la sociedad quiere que lo sea.
Y, poco a poco y casi sin que te des cuenta, esa autoculpa se hace fuerte y tu lunar se convierte en tu único enemigo. Lo odias. Lo tratas mal. Lo escondes. Te escondes. No te dejas ser tú.
La realidad que muchas personas quedan ATRAPADAS en su lunar DE POR VIDA.
Por suerte, tú no. Estás rodeada de buena gente, de buenas referencias y de buen arte, que te ayudan a que un día, ya hace mucho, te plantes frente a frente con tu lunar en el espejo y le digas: “Pues sí, eres mi lunar. Podrías ser de otra forma, pero ahora mismo eres así. ¿Por qué tengo que avergonzarme de ti y, lo que es peor, de mí? Eres un lunar como cualquier otro. No hay dos lunares iguales. No eres perfecto, pero a mí, ahora que te miro bien, me gustas”.
Y todo cambia. Lo sacas a pasear con orgullo, ya dejas de esconderlo. Y cada vez lo enseñas más. Y aquellas miradas inquisitivas y comentarios ofensivos cada vez te dan más igual. Parece que cada vez son menos… o simplemente es que dejas de estar pendiente. Tú no tienes la culpa de que haya quien sienta odio por lunares como el tuyo. Es algo loco si lo piensas. Tal vez la sociedad les prepara para que odien los lunares que no siguen la norma. La pena la deberías sentir tú.
Cuando quieres y mimas a tu lunar, porque es TU lunar y de nadie más, descubres que solo es una parte de ti. Tú eres mucho más que un lunar llamativo. Y tú, con todo lo que eres, le gustas al mundo (al que merece la pena). O siempre le habías gustado, pero no te permitías creértelo.
Ya, todo esto suena absurdo y exagerado.
Pero si cambias el lunar por unos muslos generosos, por una buena celulitis y/o por una tripa abundante, esta es la historia de la vida de muchas personas, sobre todo, mujeres.
Y ya que me has leído hasta aquí (cómo molas), te diré que cuento todo esto por varios motivos. Primero, porque hoy me he puesto una falda especialmente corta (hace calor y me da la gana). Segundo, porque hace un rato he visto cómo llamaban gorda a una niña que no tendría ni veinte años. Y tercero, porque voy en un largo viaje de autobús y la situación se presta.
Vivan los cuerpos, sean como sean. Son nuestra casa para toda la vida y debemos disfrutar de ella. ??