Me gustaría contar la historia de cómo perdí a mi hija el pasado 31 de Julio de 2023, de la terrible pesadilla que viví durante mi parto y de la absoluta falta de empatía que obtuve por parte del hospital que me atendió.
Comenzaré con un contexto: soy enfermera, trabajadora de el mismo hospital que me atendió, mi embarazo fue completamente normal y mi bebé estaba totalmente sana. A la semana 41, los ginecólogos decidieron que me tenía que someter a una inducción del parto por haber sobrepasado las 40 semanas de gestación, porque así lo estipula el protocolo. Yo, teniendo plena confianza en ellos y en su manera de trabajar, accedí a hacerme la inducción e ingresé en el hospital el 29 de Julio.
El día que ingresé me pusieron Propess vaginal, que para los que no lo sepan, es una medicación que sirve para provocar la dilatación del cuello del útero e iniciar así el proceso de parto. Esa noche estuve con contracciones toda la noche, por lo que no dormí absolutamente nada, pero el cuello de mi útero seguía cerrado, así que al día siguiente, el 30 de Julio a las 9h me iniciaron la oxitocina intravenosa para provocarme más contracciones uterinas. Hasta aquí todo normal.
Durante el día estuve acompañada de una matrona muy amable que me explicaba en todo momento cómo progresaba el parto y me resolvía todas las dudas. A las 19:30h, poco antes de que terminara su turno, me explicó que ya había alcanzado la dilatación completa (10cm), pero que la cabeza de mi bebé no bajaba del primer plano y el parto se estaba alargando mucho, por lo que iba a pasar a ser responsabilidad de las ginecólogas.

Entraron en la habitación un hombre que se presentó como la matrona que iba a estar conmigo durante la noche y las dos ginecólogas de guardia. Me hicieron varias exploraciones en las que me pedían que empujara para ver si conseguía que la cabeza de mi bebé descendiera. Las escuchaba decir que bajaba apenas 1cm pero cuando dejaba de empujar, volvía a ascender. A las 21:30h decidieron que iban a irse a cenar y que mientras tanto intentara seguir empujando yo sola. A las 22.30h volvieron y todo seguía igual. Me dijeron que iba a seguir empujando pero esta vez iban a ayudarme. En ese momento el matrón con cada contracción, colocaba el antebrazo en la parte superior de mi barriga y dejaba caer su peso sobre mi (maniobra de Kristeller) al tiempo que me decían «¡Vamos campeona, tu puedes!». Cada vez que hacía la maniobra sentía náuseas y me hacía daño, así que le pedí que dejara de hacerlo. Dejó de hacer la maniobra durante unos instantes, pero al rato volvió a hacerla con cada contracción y durante mucho tiempo, a pesar de que le pedí en varias ocasiones que parase.
A las 23.30h había conseguido que mi bebé descendiera pero no del todo. Una de las ginecólogas le decía a la otra que no veía que la cosa fuera adelante y que era mejor una cesárea. La otra le decía que no, que había que seguir intentándolo. Yo llevaba más de 12 horas con las contracciones provocadas por la oxitocina, estaba agotada, no había podido dormir la noche anterior y empezaba a estar preocupada por el bienestar de mi bebé, así que les pedí que por favor me hicieran la cesárea, pero me decían que no, que había que intentarlo con una última cosa y si no funcionaba, habría que ir corriendo a hacerme la cesárea. Entonces me propusieron utilizar las espátulas como último recurso antes de la cesárea, yo me negué. Les dije que no había necesidad, que prefería la cesárea, el parto de todas maneras ya no era natural. Me insistieron varias veces hasta que al final tuve que acceder a que las usaran.
El dolor que sentí cuando me metieron las espátulas es indescriptible. Tras tres empujones mientras el matrón volvía a tirarse sobre mi barriga, mi bebé nació a las 00:30h de la noche. La dejaron sobre mi durante solo un segundo y en seguida se la llevaron al box de reanimación, que estaba justo enfrente de mi cama. Supe en seguida que algo iba mal. No se movía, no respiraba. El monitor marcaba 60 pulsaciones. Los pediatras intentaron reanimarla por todos los medios: masaje cardíaco, intubación, adrenalina… Pasaban los minutos y yo no no podía hacer más que mirar el reloj que tenía frente a mí, intentando no pensar en las secuelas que se le quedarían a mi hija si conseguía seguir adelante después de tanto tiempo sin oxígeno.
Tras más de 40 minutos de reanimación, uno de los pediatras se acercó a mi y a mi chico y nos dio la peor noticia que puede escuchar alguien en su vida: nuestra hija había fallecido. Nos dijeron que no sabían exactamente cuál había sido la causa, que había aspirado algo de meconio y que tenía un importante hematoma en la parte trasera de la cabeza. Solo las personas que hayan perdido a un hijo pueden imaginarse cómo nos sentimos en ese momento. Todo el dolor físico que hubiera pasado durante ese día era insignificante al lado de lo que sentía en ese momento: una parte de mí se había ido con mi bebé.
A la mañana siguiente vinieron mis padres y mi suegra a mi habitación, y al poco tiempo entraron los que habían asistido mi parto. Sólo habló la ginecóloga responsable, nos dijo que habían estado revisando todo lo que se había hecho y que no sabían lo que había pasado, que harían una autopsia y otras pruebas para determinar cuál había sido la causa. Mi padre le hizo varias preguntas a las cuales sólo respondía “hemos seguido el procedimiento habitual”, repetidamente.
Yo solo quería salir de allí e irme a mi casa, así que pedí que por favor me dieran el alta. Me fui a mi casa esa misma mañana con un desgarro de grado III y casi sin poder moverme. Pero la historia no termina aquí. No contentos con todo lo que nos habían hecho pasar, nos pusieron todas las trabas posibles para todo lo que necesitábamos.
Para que nos dieran la baja laboral, teníamos que registrar el nacimiento de nuestra pequeña, así que, con todo el dolor que teníamos dentro, mi chico tuvo que volver al hospital al día siguiente para que registraran su nacimiento, a lo que le respondieron “muy amablemente” que no se lo podían hacer porque el bebé había fallecido, que tenía que ir al juzgado. En el juzgado le dijeron que teníamos que ir los dos en persona, no valían autorizaciones, y “deprisa porque el horario es hasta las 14h”, así que el día después de morir mi hija y con puntos desde la vagina hasta el ano, casi sin poder andar, fuimos los dos al juzgado a registrar a nuestra hija, siendo normalmente un proceso que puede hacer el padre desde el hospital.
A los pocos días me llamaron para decirme que podíamos ir a recoger el cuerpo de nuestra bebé, pero teníamos la sensación de que las cosas no se habían hecho bien, que todo se podría haber evitado, y no confiando demasiado en el resultado que pudiera salir en la autopsia hecha en el hospital, estuvimos pensando si poner una denuncia para que hicieran una autopsia judicial. Como tardamos unos días en decidirlo, a los 10 días del fallecimiento, recibí otra llamada del hospital. Me dijo que era el patólogo responsable de la autopsia de mi hija, y que “había urgencia en que me llevara el cuerpo de allí porque estaba empezando a estar en un importante estado de descomposición de los tejidos”. Me quedé en shock, no entendía porque un señor me había llamado para decirme que mi hija se estaba descomponiendo en la nevera del depósito del hospital, a día de hoy sigo sin entenderlo.
Decidimos finalmente que la íbamos a sacar ya de allí, así que llamé al tanatorio para que se encargaran de todo, y cuál fue nuestra sorpresa que unas horas después nos llamaron para decirnos que no se la habían podido llevar porque el hospital había perdido el certificado de defunción. No me lo podía creer. Esa misma noche, a las 00h, recibí una llamada de una médico de urgencias del hospital a la que le habían dado mi teléfono pero no le habían explicado nada de lo sucedido, así que tuve que contárselo todo para que me pudiera hacer el certificado y así, poder incinerar a mi hija.
Pasaban las semanas y no sabíamos nada de la autopsia. Al final, tuvimos que poner una reclamación para que la hicieran porque “no corría prisa”, nos decían. Tuvimos que explicar que no podíamos seguir adelante sin saber cuál había sido la causa, y finalmente, dos meses y medio después, nos dieron los resultados.
Nos citaron a una consulta con otra ginecóloga que no era ninguna de las que había asistido mi parto, porque así lo pedí. El resultado de la autopsia reveló lo que ya sospechábamos: un hematoma subgaleal muy extenso le había provocado un shock por la pérdida de sangre. La señora, muy amable y empáticamente, me dijo que “muy probablemente la causa había sido el instrumental utilizado en el parto” y que había revisado todo el procedimiento que se había seguido aquel día y que: “¿Se hizo todo bien? Si. Si volviera a ocurrir todo de la misma manera, ¿se volvería a hacer igual? También”. Así, sin más, con estas mismas palabras.
No me podía creer que me estuviera diciendo que volverían a hacerlo todo igual y que lo habían hecho perfecto, y así se lo expresé. Le pregunté si le parecía correcto el uso de la maniobra de Kristeller durante tanto tiempo y en repetidas ocasiones, y a pesar de negarme. Su respuesta fue que yo estaba confundida, que lo que me habían hecho ese día no se llamaba así. Una persona que ni siquiera había estado presente ese día, negando todo lo que yo le decía, ninguneándome. El colmo fue cuando al final de la consulta le comenté que en ciertas ocasiones tenía dolor en la zona de la cicatriz donde había tenido el desgarro, a lo que me respondió que “tenía que empezar a diferenciar desde ese mismo momento entre el dolor emocional y el dolor físico”, de nuevo banalizando mi dolor y pretendiendo que me sintiera frágil y estúpida.
Así que finalmente solo puedo decir GRACIAS, por el denigrante trato durante mi parto, por no respetar mis decisiones sobre mi propio cuerpo y por no haber hecho todo lo que estaba en vuestra mano para salvar la vida de mi hija. GRACIAS por el trato recibido posteriormente, por la gran empatía que habéis mostrado todas y cada una de las veces que he necesitado algo de vosotros. GRACIAS por banalizar mi dolor, mis sentimientos, por ponernos todos los impedimentos posibles, por no querer derivarme a un psicólogo. Y GRACIAS por haber arruinado la vida no solo personal, si no también laboral a una compañera vuestra. No sé si podréis dormir por las noches, yo a día de hoy sigo sin ser capaz de pisar ese hospital.