Macho rubio Atlético con cuerpo de gimnasio en un cuerpo con altura similar a la de un elfo, simpático, majete, el típico que querrías solo como amigo.
Pero no lo hice chicas, no lo hice, hice un acto de buena fe y lo acepté cómo novio.
Deje de lado mis prejuicios sobre hombres machotes y de los que tienen pinta de empotrar bien, decidí fijarme en su interior, en su mirada angelical.
El hombre de mi vida, el sin sangre, follaba tan mal que pensé que no tenía testosterona.
Dudé incluso si sería fértil y podría tener hijos con él algún día.
Me equivoqué.
El macho con dudosa sexualidad enviaba mensajes a destajo a toda hembra conocida a través de WhatsApp intentando fecundar alguna sin éxito jamás.
Mensajes de hola guapa asomaban entre tics azules de visto en una interminable lista de conversaciones solitarias en WhatsApp.
Contestaciones a «a ver si nos vemos que estas perdida jeje» con dudoso futuro que hacían creer con total seguridad que ninguna quería saber nada de él.
Conversaciones en las que contaba con total tristeza y desasosiego lo mala que era su novia y en las que sus amigas le trataban de «pobrecito con lo bueno que tu eres mereces alguien mejor» pero ninguna de ellas quería ser ese alguien mejor.
Terminé esa relación al ritmo de guarra y puta mientras colgaba ese teléfono para no volver a cogerselo jamás. Si la guarra y puta era yo, pero no todavía.
Ese hombre estaba prediciendo mi futuro.
A la semana de dejarlo encontré un macho inteligente y sexy con pinta de empotrador de los que te abandonan a los dos días por otra.
Y sí, me abandonó por otra. Pero los seis meses que estuvimos juntos teníamos sexo a diario sin parar, fui más feliz en seis meses con él que en un año con el mr friendzone.
No hay que buscar hombres buenos, hay que dejarse llevar y estar con quién te haga feliz.
No porqué alguien de pena es buena persona, hay gente que da pena y ya está.