En el campus donde estudié había una cafetería por cada facultad. Pero claro, como todas estaban relativamente cerca unas de otras, los estudiantes acabábamos moviéndonos de edificio en edificio dependiendo del menú del día. Había jornadas en las que te recorrías media universidad solo porque en Ciencias había pasta a la carbonara y en Educación tocaban lentejas aguadas.
El precio era exactamente el mismo en todas porque pertenecían al mismo dueño. Y, sinceramente, para la época estaba bastante bien. Por menos de cinco euros te plantaban un plato, pan, bebida y postre. Que evidentemente no era cocina de Estrella Michelin, pero a un universitario con ansiedad académica y con menos dinero que una rata le daba exactamente igual.
Uno de aquellos días me tocó quedarme a comer en mi propia facultad porque el plato del día era lasaña. Y a mí la lasaña me encanta. Bueno, o me encantaba.
La cafetería tenía esas mesas largas donde podían sentarse fácilmente treinta personas seguidas. Un formato pensado claramente para tener el mayor número de comensales posible, aunque la realidad era que todos evitábamos acabar comiendo junto a desconocidos, por lo que siempre quedaban huecos libres.
Así que, como cualquier persona normal, me puse a escanear el comedor buscando alguna cara conocida que me salvase de la incomodidad social y entonces vi a Vicente.
Vicente era amigo del que por aquel entonces era mi follamigo. No éramos íntimos ni mucho menos, pero lo suficiente conocidos como para poder sentarme allí con él y no con alguien aleatorio.
Mi amiga venía conmigo y, aunque no conocía absolutamente de nada a aquel muchacho, se sentó también porque la amistad universitaria consiste básicamente en ir como siamesas allá donde vaya tu compi.
Antes de empezar a comer mantuvimos esa conversación protocolaria que todo el mundo hace para disimular que realmente lo único que quiere es sentarse y empezar a devorar el plato antes de la siguiente clase. Que si “¿qué tal?”, que si “que de tiempo sin verte”, que si “vaya calor hace hoy”. Todo completamente irrelevante.
Por fin empezamos a comer. Bueno, ellos. Porque Vicente no dejaba de hablar y yo tenía que hacer el esfuerzo de seguir la conversación mientras intentaba masticar. Además, en aquella época llevaba un expansor en el paladar, así que comer dignamente ya suponía un reto de por sí. Entre una cosa y otra terminé dejando el de tenedor a un lado y escuchándolo mientras mi lasaña se enfriaba lentamente. Hasta que mi amiga, cansada de verme perder tiempo, me soltó un: “Come ya, que vamos a llegar tarde a clase”. Y ahí empezó mi desgracia.
Cogí otro trozo de lasaña, me lo metí en la boca y automáticamente noté algo raro. Una textura dura. Extraña. Incompatible con lo que debería llevar una lasaña. Lo primero que pensé fue: “esto es un hueso”. Y solo de recordarlo ahora me entran ganas de vomitar otra vez. Pero claro, había un problema importante: tenía que mantener la compostura. No podía montar un espectáculo delante de Vicente. Existía la posibilidad real de que aquel hombre fuese luego a contarle la anécdota a mi follamigo y, sinceramente, yo no estaba preparada para convertirme en “la chica del hueso de la lasaña”.
Así que decidí actor con discreción. Cogí una servilleta intentando parecer elegante y, mientras fingía limpiarme los labios, escupí el trozo misterioso. O al menos esa era mi intención, porque la servilleta era de esas finísimas, pequeñas y miserables donde pone “gracias por su visita”, que se desintegran simplemente con mirarlas demasiado fuerte y efectivamente, se rompió.
El supuesto hueso cayó directamente sobre mi regazo. Intenté actuar rápido, pero ya era imposible salvar la situación. Aquello estaba completamente perdido. Vicente me miró tranquilamente y me dijo: —Creo que se te ha caído algo.
De verdad, ¿tan difícil era fingir que no había visto nada? Roja como un tomate, tuve que admitir la verdad. Le expliqué, muerta de vergüenza, que había intentado escupir un trozo de hueso que me había encontrado en la comida. Y ahí murió mi dignidad universitaria.
Terminé mi Coca-Cola y mi yogur a toda velocidad, porque evidentemente no volví a tocar aquella infernal lasaña, y me fui directa a clase deseando desaparecer del planeta.
Recuerdo pasar toda la tarde obsesionada pensando que Vicente se lo contaría a mi follamigo y que yo me convertiría oficialmente en la chica que escupe comida en público, pero nunca dijo nada o al menos nunca me llegó.
Con el tiempo entendí que probablemente nadie le dio tanta importancia como yo en aquel momento. Pero ya sabéis cómo funciona la vergüenza: tú revives la escena durante años mientras el resto de personas seguramente la olvidan en diez minutos. Eso sí, hay traumas universitarios que dejan huella.
Porque desde aquel día no solo dejé de pedir lasaña en la cafetería de la facultad, sino que además aprendí algo todavía más importante: no tiene tanta importancia sentarse a comer con desconocidos.
