Quedarme viuda con tres hijos pequeños fue un golpe con el que no contaba. Tuve que luchar más de lo previsto y conseguí criarles lo mejor que pude y el resultado fueron tres adultos maravillosos.
Los tres quisieron estudiar en la universidad y pronto encontraron trabajo.
El mayor se compró una casa solo. Tuvo una novia con la que estuvo años, pero rompieron. Soltero estaba feliz, viajando por el mundo, haciendo planes y viniendo a comer los domingos conmigo.
Mis dos hijas pequeñas empezaron con sus novios en el instituto y cuando pudieron se fueron a vivir con ellos. Me quedé sola en casa sintiendo que era lo que tenía que ser.
Mis hijas me hicieron abuela el mismo año. No pensaba que se quisiera tanto a los nietos.
Y llegó una nueva etapa de mi vida: echando una mano a mis hijas de vez en cuando y con mi hijo echándomela a mí. No solo venía a comer los domingos, también estaba pendiente de mis médicos, de las cosas de la casa (revisión de la caldera, problemas con cualquier aparato, la declaración de Hacienda, las fugas de los grifos…), se encargaba de acercarme a casa de mis hijas, me llamaba todos los días y además me llevaba de viaje. Un año me llevó a Nueva York, otro a Viena y alrededores, otro a Grecia…
Por fin tenía la calma soñada, la que se rompió el día que murió mi marido, la que parecía imposible que llegara.
Todo iba bien hasta que hace un par de años mi hijo conoció a una chica y las cosas empezaron a cambiar. Me alegré cuando me habló de ella, por supuesto quiero que mi hijo sea feliz. Pero… poco a poco ella me ha ido desplazando. Ya no tiene tiempo para venir todos los domingos, no siempre puede arreglarme las cosas rápido y los viajes se han ido reduciendo. Me llevó a Oporto, después dijo que Salamanca un fin de semana y ahora ya ha empezado con las excusas.
Se han ido a vivir juntos y parece que están bien. Y sé que son feos mis sentimientos, pero me gustaba mi vida con mi hijo soltero. Todo era más fácil para mí y no creo que mi hijo fuera infeliz. Era diferente.
Mi hijo ya me ha dicho que a ella no le gusta la ubicación de su casa, muy cerca de la mía, y que supone que tarde o temprano se acabarán mudando. Me temo que pronto llegarán los niños.
Sé que no se olvidarán de mí, pero mi vida idílica ya se acabó.
