Hace unos 10 meses que practico el celibato voluntario.
Qué raro suena.
Practico no practicar sexo con otras personas… y por decisión propia. Existe también el celibato involuntario o los llamados incels, pero eso daría para otro artículo y no viene al caso.
Habrá más de una mujer que haga la broma con este texto:
“Ojalá yo pudiera hacer eso del celibato y escaquearme de mi marido.” Porque recordemos que aún hoy, en la época en la que ya hemos ido a la Luna, tenemos inteligencia artificial palpable en cada casa y en cada móvil, y nos movemos en avión, barco, moto o coche, en esto del sexo no hemos evolucionado tanto.
Hay hombres que aún creen que, por estar casados, su mujer debe abrirse de piernas cuando a él le plazca.
En pleno siglo XXI.
Y sí, todavía hay trogloditas entre nosotrxs.
A estas mujeres que digan eso quiero decirles que hay más vida más allá de ese marido de las cavernas. Que si supieran lo que hay al otro lado de ese matrimonio carcelario, no seguirían ni un día más en esa relación.
Pero, amiga, te entiendo y te abrazo. Cada una tenemos nuestros tiempos y nuestras circunstancias. No todas están ahí porque quieren. Muchas no tienen otra opción.
Yo puedo hablar por mí y por mis compañeras —como en el juego del escondite— y puedo decir que el sexo es algo maravilloso siempre y cuando se dé con la persona o las personas correctas, haya deseo y consentimiento.
Sin olvidar que también podemos tenerlo con nosotras mismas, dato muy importante. Retomo el chisme, que es a lo que vienes.
Llevo más de 10 meses, por decisión propia, sin hacer el amor, sin follar, sin contacto humano carnal, sin besar ni tocar. Nada de nada. Ni sexting siquiera, porque no me gusta. ¿Por qué llegué a esa tesitura de tomar esa decisión, si me gusta tanto el sexo? Te estarás preguntando.
Es muy fácil: me cansé.
Sí, me cansé de cuerpos vacíos, de mentes enfermas de porno, de poses imposibles, de ceder cuando digo que no mil veces, de que me sexualicen siempre, de que mis pezones sin sujetador se vean como provocación y no como comodidad y salud, de no poder colgar una foto de mis tetas en Instagram mientras ellos sí, de haber disfrutado a veces más limpiándome los oídos con el hisopo que de muchos polvos, de que abusen de mí y me tomen el pelo, de que hagan cosas que no se hablaron, de que si quedamos sea sí o sí para follar y no ver más allá de un agujero donde meterla.
Me cansé de que no haya responsabilidad afectiva, de que me llamen intensa por decir lo que siento, de darlo todo y recibir vacío,de mirar a los ojos y que me miren las tetas,de depilarme para gustar, de sonreír para atraer,de ser objeto de paso, de que me juzguen por cómo voy vestida…
Estoy cansada del sistema que nos hemos montado, donde si a una mujer le gusta el sexo la llaman puta y, si no, frígida, si eres liberal no sirves para ser novia y si eres novia te ponen los cuernos.
Un sistema donde no puedo enseñar mis tetas, pero el porno llega a niños de ocho años en forma de educación sexual, ya que en los coles no se da porque sería demasiado progre. O quizá es que a los pederastas no les interesa que estemos informadas. Mejor calladitas y sin saber, que molestando con nuestra lucha y nuestra igualdad.
Y si aún te sigues preguntando por qué decidí no compartir mis intimidades sexuales con más personas, te diré que es una decisión que podemos tomar.
Y yo la tomé.
Fin.
No es la primera vez, pero sí la más larga. Y no sé si aguantaré mucho más. Estoy en la perimenopausia y mis hormonas van revolucionadas, como una adolescente pero con la madurez de casi los 50. Imagina.
Echo de menos el contacto, los mimos, los besos… ay, los besos, eso es lo que más.
Pero me gusta tanto mi soltería y mi independencia que no malgasto mi tiempo jugando a la ruleta rusa del placer.
Juego en casa a lo seguro, strip póker conmigo misma.
Y cuando me dan ganas de volver a quedar, huelo mis dedos, sonrío, recuerdo que soy plenamente mía…
y se me pasa.
Raquel Romarís
