No tengo pruebas, pero tampoco dudas: mi padre podría tener un hijo no reconocido con una vecina.
¿Qué por qué lo creo? Pues veréis, todo empezó como empiezan estas cosas: con un comentario sin importancia… y se me fue de las manos.
Hace relativamente poco que en el bloque de pisos donde viven mis padres, es más, en el mismo rellano, se han mudado una madre (separada, por lo visto) y su hijo de nueve años.
Oye, pues a los pocos días, la nueva vecina, que casi no se habla con nadie, ya se ha hecho íntima de mi padre. Y ojo, sólo de mi padre. Con mi madre cruzan los buenos días y poco más.
De esto me enteré porque, un domingo del mes pasado que había ido a comer paella a casa de mis padres, cuando ya nos sentábamos a comer, llamaron a la puerta. Lo primero que me sorprendió fue la rapidez con la que se levantó mi padre para ir a abrir. Que, hasta ese momento, parecía que le daba alergia ir a atender el timbre. Lo segundo que registré fue la cara de fastidio de mi madre cuando se oyó la voz de una mujer en la puerta y mi padre, muy amablemente, la saludó con una confianza que no me cuadró y le dijo que la acompañaba a ver qué le pasaba al termo. A lo que mi madre, en voz baja, dijo “ya estamos otra vez”.
Mi padre tardó un rato en volver. Casi íbamos a empezar con el postre cuando apareció de nuevo. Volvió muy sonriente, diciendo que era deber de todo buen vecino ayudar a quien estuviese en apuros. Yo comenté que me parecía muy amable por su parte, a lo que mi madre dijo que sobretodo había que ayudar a las rubias en apuros (sí, la vecina es rubia), pero mi padre no entró al trapo. Por lo visto, últimamente se lo arregla todo… hasta lo que funciona perfectamente.
Desde ese día, he seguido recogiendo señales que me han llevado a la misma conclusión.
Como el otro día, que quien llamó a la puerta fue el hijo de la vecina para quedar con mi padre para jugar al ajedrez. A mi padre le fascina jugar al ajedrez y nunca ha conseguido que ni mi hermana ni yo nos aficionásemos. Pero mira, resulta que al hijo de la vecina le encanta. Y que se llevan a las mil maravillas. Se llevan casi demasiado bien.
Si te paras a mirarlo, entrecerrando un poco los ojos, a mí este niño me da un aire a mi padre. Tienen un no sé qué que hace que se parezcan. Si hasta tienen la misma forma de levantar la ceja derecha cuando se concentran mientras juegan una partida de ajedrez. Y si ya te fijas en la forma que tiene el niño de rascarse la cabeza igual que mi padre, no creo que sea casualidad.
Y siempre que hago algún comentario al respecto, para tirar de la lengua a mis padres, él sonríe y no dice mucho y ella hace algún comentario sarcástico y poco más. Pero a la que aparece la vecina, a mi padre lo veo muy servicial y a ella agradecida en exceso.
Pues qué queréis que os diga, para mí está claro, blanco y en botella… Llamadme loca, pero creo que son muchas coincidencias para que sólo sean eso… coincidencias.
Que, por otro lado, quizás me estoy montando una película, que igual no es nada, pero, aunque no tengo pruebas, tranquilidad tampoco, y yo ya estoy mirando fotos de cuando nací, más que nada, por comparar.
