Me lo dijo el otro día después de una discusión que empezó por una tontería como empiezan todas las discusiones que en realidad no son sobre la tontería sino sobre otra cosa que lleva tiempo acumulándose.
Que se siente segundo. Que antes éramos pareja y ahora soy madre y él es el señor que vive en la misma casa. Que le da la sensación de que todo lo que queda de mí después del niño es tan poco que a él no le llega nada.
Me quedé escuchándole y por dentro pasaban dos cosas al mismo tiempo que no sé muy bien cómo conviven pero conviven. Una parte entendía lo que decía e incluso me daba pena porque no lo decía con maldad sino con esa tristeza de quien lleva tiempo sintiéndose invisible y por fin ha encontrado las palabras. Y otra parte pensaba que tiene tres años mi hijo, tres años, y que estamos en una época en que los niños lo necesitan todo y que si él se siente desplazado por un niño de tres años igual hay algo que tendría que mirarse él también.
Lo que no le he dicho porque no encontré el momento y porque hay cosas que una sabe pero no dice es que sí, que tiene razón en que algo ha cambiado y que lo que ha cambiado es que ahora hay alguien en mi vida que lo es todo de una manera que no tiene comparación con nada y que eso inevitablemente reorganiza el resto de las cosas aunque no quieras que lo haga.
No es que le quiera menos. Es que quiero a mi hijo de una manera que no sabía que existía antes de que existiera él y eso es difícil de explicar sin que suene a que el marido ha perdido una competición que nunca debería haber sido una competición.
Pero él siente que la ha perdido igual.
No sé cómo se resuelve esto. No sé si se resuelve. Y tampoco sé si el problema es que me he alejado yo o que él esperaba que un hijo no cambiara nada y nadie le avisó de que un hijo lo cambia todo.
