Reproducimos testimonio de seguidora
Hace trece meses que Juan y yo nos conocimos. En un primer momento, nuestra relación funcionaba como un mero intercambio sexual y ambos nos sentíamos cómodos en esos roles. Nos acostábamos de vez en cuando y después,” si te he visto, no me acuerdo”. Cada cual hacía su vida y hasta que nos volviéramos a cruzar. Nuestros encuentros no seguían un patrón preestablecido ni tenían una periodicidad fija; a veces nos veíamos más y a veces menos asiduamente. Sin embargo, era común que acabásemos buscando la ocasión para acabar juntos en la cama; no me resultaba extraño en absoluto recibir un mensaje de Juan a las 03:00 de la madrugada pidiéndome que fuera a su piso.
Hasta aquí veréis la cosa bastante clara. Se trataba de sexo y no podía esperar de él otra cosa. Sin embargo, -ahora viene el topicazo de turno, grandes clásicos de ayer y hoy-, yo empezaba a pillarme por él. Pero no era solo eso, sino que con el paso del tiempo y la confianza que íbamos fraguando, notaba como su actitud hacia a mí se tornaba distinta e iba tomando nuevos matices. Cada vez proponía más planes fuera del dormitorio: Que si un día de playa, que si una ruta en bicicleta, que si un fin de semana al campo, que si una visita a bodegas con cata de vinos incluida…
Ya nunca se marchaba a media noche, siempre dormíamos juntos tras el sexo. El contacto telefónico era prácticamente diario y la costumbre de darnos las buenas noches y preguntarnos qué tal había ido el día se convirtió en una norma no escrita. Para mí estaba claro, ambos parecíamos estar siguiendo la misma trayectoria y nuestra relación de follamistad empezaba a mutar hacia algo muy distinto. Así que agarré el toro por los cuernos y le planteé la cuestión.
“Jarro de agua fría” es una metáfora que se queda corta para describir como me sentí con su respuesta. Yo lo describiría más bien como “Un tanque de agua helada del océano ártico sobre mi cabeza en pleno mes de enero”. Y es que Juan me explicó que no me veía como pareja y adornó su explicación indicándome que yo le parecía una mujer MAJÍSIMA pero no para tener una relación amorosa (¿MAJÍSIMA? Tócate los huevos, majísima se le dice a tu tía la del pueblo o la peluquera de tu barrio, no a la persona con la que llevas acostándote meses). No me quedó otra que resignarme, aunque sí le confesé que yo empezaba a sentir cosas por él y que, por tanto, me parecía mejor dejar de verle.
Así lo hice pero, al cabo de un mes, Juan reapareció con un mensajito. Encoñadita como estaba, decidí que mientras que el verdadero amor no llamase a mi puerta ni tuviese ningún vínculo afectivo con nadie, nada me impedía seguir compartiendo ratitos con él. Así que volví a verle, lo que conllevó que mis amigas pusieran el grito en el cielo y me soltaran los 101 sermones de turno: “Ya te ha dicho que no te quiere”, “después no vengas llorando”, etc., etc. Por un oído me entró y por el otro me salió.
Retomamos nuestra “no-relación” y Juan, lejos de alterar la fórmula y reconducirla hacia lo puramente sexual como en los inicios, intensificó aún más su contacto conmigo y sus propuestas de planes extra-sexuales (aunque ya os digo que terminaban con sexo, no es que fuésemos como hermanitos). Se preocupaba por mí, buscaba contacto diario, me abrazaba continuamente, se acurrucaba para dormir. Me propuso que compartiéramos el visionado de una serie, se enfadaba si yo me adelantaba un capítulo porque quería que la viésemos “a la vez incluso en los días en los que estábamos separados”. Me presentó a sus amigos, a su hermano, a su prima. Me pidió que le acompañara una boda. Y cuando volvió a surgir el tema, otra vez el NO por respuesta: No te quiero como pareja y te lo he dejado claro desde el principio.
Volví a dejarme arrastrar por un arrebato de indignación y de nuevo “rompí “con él. Mis amigas recogieron mis pedazos entre algún que otro “ya te lo dijimos”, y a los quince días, de nuevo volví a las andadas.
A día de hoy sigo viéndole, y ya van trece meses. Mis amigas dicen que él ha sido sincero en todo momento sobre sus intenciones, cosa que es cierta. Opinan que si yo me monto la película es únicamente mi problema, que su comportamiento será el que sea, pero que el chico me ha dejado las cosas claras desde el minuto cero.
En eso tienen razón, siempre ha mantenido el mismo discurso, nunca ha dudado ni se ha mostrado indeciso. No sé qué opinaréis vosotras, pero yo, a pesar de sus negativas, no puedo evitar pensar que si no quieres tener una relación sentimental con alguien y sabes que esa persona está enamorada de ti, no es normal que te comportes como se comportaría cualquier pareja al uso. Sus palabras dicen una cosa, pero sus acciones otras. ¿El mero hecho de haber sido sincero ya lo legítima en sus acciones? ¿Toda la culpa es mía?
