Lo sé, me vais a decir que la iglesia es un club privado y que si no acepto sus normas qué hago en él, vale, pero es que esto me ha parecido muy fuerte. En casa no es que seamos ultracatólicos, pero sí hemos vivido la fe desde pequeñitos, bautizo, comunión, confirmación… cuando me casé con mi marido él accedió a la boda por la iglesia porque aunque no practique, cree. Nuestra hija está bautizada y de vez en cuando vamos a misa los tres o con los abuelos. Y está loca por empezar la catequesis para hacer la comunión. Mi hija va a hacer ocho años y yo la he enseñado a tener respeto en misa, a prestar atención y no charlar, reír ni alborotar mientras el cura habla.
Pues en Semana Santa, en la misa crismal (de Jueves Santo, “matineé”, que dice mi marido), quedamos con los abuelos y mi hermana para, después de la iglesia, llevar a los niños a comer y al cine. Mi hija sabía el plan y estaba muy ilusionada.
La misa, vamos a reconocerlo, fue pesada, duró algo más de lo normal, el cura puso mucho énfasis en la muerte de Jesús, el sufrimiento por nuestros pecados, la culpa esto, la culpa aquello… pero la niña aguantó como una campeona, que mi hermana tuvo que sacar a sus hijos porque ya no aguantaban sentados las criaturas y yo le dije a la mía si quería salir, y dijo que no, que se quedaba.
Claro, cuando acabó la misa, la pobre quiso salir como un cohete a buscar a los primos. En la puerta estaba el cura estrechando manos y cuando la vio salir dando brincos y cantando “a comer y al cine-a comer y al cine”, pues la agarra de un hombro y le dice que qué maneras son esas, que si no ha aprendido nada de la misa, que qué es eso de reír y cantar cuando el Niño Jesús se está muriendo. Mi niña se quedó muda, ella es una niña muy formalita, nunca la han regañado y menos de esa manera. Fui enseguida, la cogí de la mano, le dije que no pasaba nada y el cura me dice a mí que sí pasa. Que este es un día de luto, no de diversión.
Llegó mi marido y ya moderó el tono, ¿sabes? Y como le dije, sé que es un día especial, por eso hemos venido a misa, pero también es un día de fiesta y lo celebramos en familia. Pues el tío quería quedar por encima, que en el patio de la iglesia no era sitio para cantar ni jugar en Jueves Santo, que antes estos días no eran de celebrar ni de ir al cine y nadie se moría. “Y si la niña canta y juega, no se va a morir usted tampoco”, le dijo mi marido y ya nos fuimos. Le aseguré a mi hija que no se preocupara, que Jesús la quería alegre y no triste y la verdad que enseguida lo olvidó.
Pero ahora voy a tener que ir a hablar con él para apuntar a la niña a catequesis, claro, y sé que él se acuerda de nosotras. Ya van dos veces que voy y miro a ver si está el otro padre que es más joven que él y más moderno, porque no quiero hablarlo con él, la verdad. Y sé que eso no es de buena cristiana, pero regañar a una criatura de siete años por sentirse feliz, tampoco me lo parece.
