Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Imagino que para nadie es plato de buen gusto descubrir que alguien ha revelado sus más íntimos secretos. Pues os puedo asegurar que hay una cosa peor: que haya un soplón entre tus amigos y tú no sepas quién es. Pero empecemos por el principio: yo me creía muy lista porque mentí a mis padres para conseguir que me acercaran en coche a la casa de un chico que me gustaba.
Si llegan a saber que mi plan era descubrir el sexo con él a mis quince años, seguramente no solo no me habrían llevado, sino que me habrían atado a la pata de la cama hasta cumplir los treinta. Pero no pasó. Ayudó el hecho de que era la primera vez en mi vida que soltaba un embuste. Mis padres no estaban acostumbrados y ni se lo olieron.
Así que, cuando semanas después me hicieron pasar a una habitación de su casa donde los vi serios como si se hubiera muerto alguien, la que no se lo esperaba era yo. Que se habían enterado de que su niña ya no era virgen, que si eso era verdad. Por sus caras, ya no tenía sentido ocultar nada. Lo que siguió fue una bronca que me generó un trauma tremendo durante años, no por la bronca en sí, ni porque tampoco me creyeron cuando les dije que había utilizado preservativo (porque eso sí lo tenía claro, que tenía quince años y ya hacía tiempo que esa charla de salud sexual se había dado en el instituto) y me llevaron a mi primera visita al ginecólogo, sin necesidad ninguna, sino porque mi madre le había prometido al soplón no desvelar su identidad. Y lo cumplió, al costo que hiciera falta.
Con los años me vio pasar por psicólogo tras psicólogo (y psiquiatras, en ocasiones), porque yo ya no sabía de quién fiarme. Y ni por esas. Tuve que actuar con naturalidad con mis amigos, porque no era justo que pagaran inocentes, pero tenía todo el rato la mosca detrás de la oreja. Esto afectó a mi forma de relacionarme, incluso, con gente nueva. Así que se me hizo difícil, por ejemplo, entablar relaciones significativas en la universidad. Pero yo no paraba de investigar. Por supuesto, mis amigos más cercanos me juraron que ellos no habían dicho nada a ningún adulto. Así que supuse que el rumor se había extendido, porque tenía que contar con que el chico también podría haber hablado con amigos suyos. Pero no pude comprobar eso porque, evidentemente, mis padres me habían prohibido, volver a hablar con ese chico. Porque, palabras textuales años después: a saber cómo habrías acabado. Como si me hubieran pillado esnifando cocaína. ¿Cómo habría acabado después de una relación sexual? Pues con un orgasmo, señora. No iba a meterme a prostituta. Y tenía quince años, que conozco a más de una persona que se ha iniciado en el sexo con menos edad. Lo importante para la primera vez no es la edad, es que se disfrute y sea un bonito recuerdo. Vaya, como el sexo en general a todas las edades.
En fin, que, poco a poco, fui notando que la que era mi mejor amiga por aquel entonces, era una persona a la que se le soltaba la lengua muy fácilmente cuando se ponía nerviosa. Así que, tras años de sospecha, le pregunté a mi madre si había sido ella. Mi madre lo negó. Pero a esas alturas yo conocía la cara que ponía esa señora al mentir.
Seguramente, si me llego a enterar en su momento, le habría pegado una paliza a mi amiga (la primera de mi vida, porque no soy una persona violenta, pero estoy segura de que habría reaccionado así). Eso, como mucho, me habría llevado a la cárcel entre tres meses y un año, que es lo que dice Google que te condenan por dar una paliza siendo menor. Pues mi condena duró diez largos años. Todo porque la primera relación sexual de una adolescente, se vive como un drama sin que debiera serlo.
