Ifigenia y yo éramos las mejores amigas desde pequeñas. Bueno, eso pensaba yo, porque cuando se le preguntó a ella quién era su mejor amiga, no dijo mi nombre, sino el de una amiga común. Pero yo le di a eso la misma importancia que se le da a una afirmación que hace alguien, pero que tú sabes que es mentira. ¿Cómo no iba a ser yo su mejor amiga si estaba ahí para todo? La consolaba cuando tenía algún drama con sus compañeros de clase, que hubo una época que eso sucedió a diario, le daba consejos y hasta le expliqué cómo se hacía una mamada cuando quiso tener su primera relación sexual. Total, que yo sabía que, aunque ella no me considerase su mejor amiga (un título, por cierto, que a día de hoy creo que es absurdo, porque no se debería tener una única mejor amiga. Yo tengo gente a mi alrededor con la que hago diferentes planes y no todas las amigas valen para todo, ni hay una que sea “la mejor”, pero entiendo que a esas edades sí se tiene ese concepto de la amistad), yo, realmente, era alguien muy cercana para ella.
Cuando ya estábamos más cerca de los treinta que de los veinte, seguíamos quedando, con la asiduidad que nos permitía el mundo adulto, para tomar café y ponernos al día. Y fue en una de esas quedadas, en la que estaba presente su novio, el mío y otro amigo común desde la adolescencia, cuando nos dieron la noticia de que se casaban. Allí hubo todo tipo de reacciones. Yo, con una sonrisa, dije “¡Qué guay! ¿Cuándo?”, mi pareja, que acababa de conocerlos, creo recordar que se limitó a sonreír. Y nuestro otro amigo común, llamémosle Narciso, tuvo la reacción que me pareció más fuera de lugar de todas: convirtió ese momento, en el que los protagonistas debían ser Ifigenia y su prometido, en un monólogo larguísimo sobre lo bien que se le daba a él dar discursos en bodas, cómo había dado uno en la boda de una prima suya, qué había dicho y lo conveniente que sería que contaran con él para dar el discurso en el banquete.
Pues ¿a que no adivináis quién tenía, al día siguiente, un mensaje kilométrico de la novia sobre la reacción tan mala que había tenido ante la noticia de su inminente casamiento? Sorprendentemente, yo. Porque por lo visto, de repente yo era su mejor amiga (¿Pues no decía que no?) y le había dolido que no dijese “enhorabuena”. Se ve que exclamar “¡Qué guay! ¿cuándo?” es un crimen de lesa humanidad.
Llegó a decir, incluso, que no le apetecía quedar conmigo. Me dolió. Pero mi amiga dejó la conversación ahí y se fue a visitar floristerías para preparar su ceremonia. Al rato, mientras yo analizaba toda nuestra relación para ver en qué momento le había dejado de apetecer ser mi amiga, me dijo que hablaríamos por la tarde, porque no estaba contenta con cómo habíamos acabado la conversación. Pues eso no pasó. Tuve que esperar once horas para que me dijera que, últimamente, no estaba contenta conmigo por supuestas reacciones que yo había tenido hace años, en otras quedadas, y que ni siquiera ella recordaba bien. Imagino que entenderéis que, después de haberme dicho que no quiere quedar conmigo, si me viene con razones vagas que no es capaz de poner en pie, a mí me parezca que mi amiga es idiota perdida. Yo, en esas once horas que ella estuvo organizando su boda, ya había hecho el duelo de amistad y, de hecho, lo último que hice por ella fue acudir a su casamiento y poner buena cara. A partir de ahí, nos fuimos alejando y hoy somos dos desconocidas. Yo deseo que la vida le vaya bien. Pero, por favor, lejos de mí.
