Lo primero que os pido es que no me juzguéis. Sé que lo que hice no estuvo bien, pero ya da igual, porque está hecho. Dicho esto, necesito contaros mi historia, porque tengo un secreto guardado desde hace años que muy poco gente sabe.
Me casé con un hombre bastante mayor que yo, me sacaba 17 años. Él ya había estado casado y tenía dos hijos de su anterior matrimonio, por lo que cuando empezamos a salir ya me avisó de que no quería volver a ser padre.
Los años fueron pasando, nos compramos una casa juntos, nos prometimos y nos casamos. Nuestra boda fue sencilla, pero preciosa. Tras la boda, a mí se me despertó el reloj biológico y me entraron muchas ganas de ser mamás.
En realidad, siempre había tenido ganas, pero como mi pareja tenía tan claro que no quería más hijos, pues enterré mis ganas en lo más profundo de mi ser y me autoconvencí de que yo tampoco quería hijos.
Cada cierto tiempo, sus dos hijos venían a nuestra casa y era un verdadero infierno. Nunca me llegaron a aceptar, pasaron de ser dos niños pequeños repelentes que no me hacían caso porque yo no era su madre, a ser dos adolescentes que me odiaban. Gracias a aquello, si que se me quitaron un poco las ganas de ser madre.
Pero tras la boda, y que los hijos de mi pareja eran más mayores y cada vez venían menos a nuestra casa, ese deseo que tenía escondido afloró. Cada vez que veía un bebé me moría de pena por no tener uno. Al final hablé con mi marido y su actitud me sorprendió del todo. Él seguía teniendo claro que no quería volver a ser padre, por la sencilla razón de que tenía en ese momento 50 años y dos hijos adolescentes de 15 y 18 años. Pero, cómo me amaba con toda su alma y entendía que yo quisiera vivir la experiencia de la maternidad, accedió a tener otro hijo.
Nos pusimos a ello y en pocos meses me quedé embarazada. Cuando nos dijeron que tendríamos una niña, la cara de mi marido fue de absoluta felicidad. Tenía dos hijos varones y por fin sería padre de una niña, la niñita de sus ojos.
Cuando nació nuestra pequeña Martina, él se comportó como un padre ejemplar. Se levantaba de madrugada a darle el biberón, le cambiaba los pañales, la bañaba… todo lo que debe hacer un padre. Digo esto, porque antes de nacer mi hija me atormentaba la idea de que al final no se hiciera cargo de ella. Había vuelto a ser padre por mí, no era un deseo propio, y tenía miedo de que la crianza de un bebé a la edad que él ya tenía le viniera grande. Pero para nada fue así.
Cuando mi hija tenía 3 años, se instaló en mi cabeza la idea de darle un hermanito. Sé que tenía dos hermanos por parte de padre, pero la diferencia de edad era notable. Además, ambos eran ya mayores de edad y venían más bien poco a ver a su hermana pequeña. Yo quería que mi hija se criara en su día a día con un hermano.
Un buen día, le expresé todos estos pensamientos a mi marido. Y su respuesta no fue la misma de años atrás. Se negó en rotundo, no quería tener más hijos. Me argumentó que con Martina ya le estaba costando la paternidad, debido a su edad, y que no se sentía con fuerzas para ocuparse de otro bebé. Además del tema económico, que pasar dos pensiones a sus otros hijos le suponía un gasto económico importante, y otro hijo más iba a ser insostenible.
Entonces, surgió otro tema que comenzó a molestarme: su negativa a hacerse la vasectomía. Yo le sugería que, si tan claro tenía las cosas, se hiciera una vasectomía y así yo podría dejar de tomarme la píldora. Su respuesta fue un no, me dijo que no iba a intervenir su cuerpo, que me hiciera yo una ligadura de trompas.
Como todos sabéis, es mucho más sencilla una vasectomía que una ligadura de trompas. En cualquier caso, no era yo la que quisiera no tener más hijos, de hecho en algún momento se me pasó por la cabeza si algún día nos separábamos, tener la posibilidad de volver a ser madre con otra pareja, así que la ligadura no entraba dentro de mis planes.
Los meses pasaban y mi cabeza estaba hecha un lío. Mi deseo de tener otro bebé era muy grande, tanto que nos estaba generando un problema como pareja. Le empecé a echar en cara que mi hija se iba a criar sin hermanos por su culpa y cosas del estilo.
Entonces, sin planearlo demasiado, una idea comenzó a germinar en mi mente: dejar de tomar la píldora sin decirle nada. Era un acto deliberado, lo sé. Pero si él no estaba dispuesto a asumir su parte y hacerse una vasectomía, ¿por qué yo debía sacrificarme y seguir con la píldora, cuando lo que yo deseaba con todo mi corazón era tener otro bebé?
Al final, así lo hice. Dejé la píldora. Pocos meses más tarde, estaba embarazada. Cuando vi las dos líneas en la prueba de embarazo, me sentí eufórica, pero también un poco asustada. Sabía que la conversación con mi marido no sería fácil.
Cuando le di la noticia, su reacción fue exactamente como esperaba: no le hizo ninguna gracia. Al principio, no podía creerlo. Pensé en contarle la verdad, pero me callé, y simplemente le dije que la píldora a veces fallaba.
En ningún momento surgió la idea de abortar. Él asumió que los métodos anticonceptivos a veces no funcionan y que estas cosas pasan.
Mi segundo embarazo no fue para nada como el primero. Mi marido estaba a veces ausente, otras enfadado y otras feliz. Parecía que quien estaba experimentando las hormonas del embarazo fuera él.
Nació David. Y él volvió a comportarse como el hombre responsable que era y fue un padre modélico para su hijo.
Y ahora si, se hizo la vasectomía. No sé si sospechaba algo y no se fiaba de mí, o si realmente había entendido que los anticonceptivos fallan y no quiso jugársela más.
A día de hoy, nuestros hijos tienen 9 y 4 años y mi marido aún no sabe la verdad. Puede que se lo cuento algún día… Asumo lo que me vayáis a decir, creo que en el fondo hago esto como penitencia por los malos pensamientos que me dan de vez en cuando, a pesar de que actualmente todos estemos felices. Gracias por el espacio.
