Reproducimos un relato que nos llega a [email protected]
Cuando tenía 18 añitos estaba metida en un grupo de música. Llegaba el verano y teníamos nuestra pequeña gira por varios pueblos de España. Aunque esa vida era dura, me gustaba mucho cantar y disfrutaba de los bolos.
Un sábado de julio nos tocó actuar en un pueblo de Madrid. Siempre solían recibirnos concejales del ayuntamiento para indicar cual era el escenario y otros datos que debíamos saber. En este caso nos recibieron dos concejales, uno de ellos bastante joven y guapo. Recuerdo que desde el principio nos miramos con curiosidad y solía dirigirse a mí para decirme las cosas.
Tocábamos sobre las 22:00, así que nos invitaron a cenar con ellos en un bar del pueblo y ahí me pegué toda la noche hablando con él. Claramente se veía que había atracción mutua, pero yo había ido allí a trabajar y debíamos mantener la compostura. Compostura que duró hasta que el concejal llevó tres cervecitas de más, y cuando terminamos de tocar, me invitó a tomarnos una solos.
Mis compañeros vieron que ahí había algo y me dijeron que me fuera, que se quedaban ellos desmontando el escenario. A mí me dio un poco de cosa porque sé lo cansados que acabamos, pero me insistieron. La verdad es que tenía ganas de estar a solas con ese chico y dije que sí. Nos tomamos una copa y corroboré que él ya no tenía vergüenza alguna. Puso su mano sobre mi muslo y me acariciaba mientras me decía que desde el minuto uno le había encantado. Yo le dije que a mí me había pasado lo mismo.
Teníamos muchas ganas de comernos la boca, pero claro, el pueblo estaba lleno de gente, él era concejal y debía mantener las formas, y yo era la cantante del grupo que acababa de tocar, me pasaba un poco lo mismo. Así que me propuso ir al pleno del ayuntamiento, llevaba las llaves y a las tantas de la madrugada no iba a haber nadie. Me dio bastante cosa ir a una sala donde se llevan a cabo las reuniones del gobierno de allí, pero quería probar esos labios y las ganas nos podían a los dos.
Allí que fuimos. Sacó las llaves del ayuntamiento y entramos en la sala. Era un salón enorme, con sus sillas señoriales y sus micrófonos. Había cámaras por todo. Antes de empezar se lo comenté y me dijo que no me preocupara, que esas cámaras a esas horas estaban apagadas. Eso espero, porque lo que pasó a continuación no era apto para todos los públicos. Nos tumbamos en la moqueta que cubría toda la sala y echamos un polvo digno de votación popular.
No me arrepiento para nada de lo ocurrido. Esa atracción que sentimos desde el primer momento se reflejó en el polvo que echamos en ese lugar tan diferente. Solo espero que las cámaras estuvieran realmente apagadas y que nuestro encuentro sexual no fuera la comidilla del siguiente pleno de ese ayuntamiento.