Pero es cierto que al tener un bebé en brazos todo se ve distinto, las perspectivas cambian y la vida ya no es la misma.
Todavía estaba de baja cuando mi pareja me preguntó si quería reducir la jornada o pedir una excedencia. En mi cabeza de postparto todo sonó muy intenso y lo único que pude decir es que no lo sabía, que necesitaba tiempo y recuperarme a mí misma.
Me incorporé al trabajo mientras mi hijo se quedaba con su padre. Aunque fue muy duro al principio sabía que estaba en las mejores manos y que a mí me venía bien trabajar, pensar en otras cosas, recordarme que también existo como persona.
El momento guardería fue intenso de nuevo pero pronto se adaptó y yo me sentía bien.
El problema apareció cuando mi oficina cambió de ubicación y pasé de tardar treinta minutos en ir a tardar una hora. Empecé a llegar a casa a la hora de la cena con suerte y mi pequeño parecía que se estaba olvidando de mí. Ya sé que eso fue una película mía pero me hizo replantearme la situación.
Dudé mucho y le di mil vueltas. Sentí que me necesitaba y yo le necesitaba. Así que pedí una excedencia para estar más tiempo con él hasta que empiece el colegio.
Nos costó a todos adaptarnos a la nueva rutina. Le sigo dejando unas horas en la escuela infantil para que siga aprendiendo y socializando. Y yo aprovecho para hacer compra y limpiar.
En cuanto parece que nos hemos adaptado, mi hijo ha empezado a portarse fatal. En la escuela pega, come mal, no deja de quejarse. Antes no era así. Parece enfadado con el mundo. Ha pasado de ser un niño normal, con sus momentos pero en general sin muchos dramas más allá de las rabietas y días malos a estar siempre de mal humor.
Me siento culpable. ¿Y si soy yo que me falta una parte de mí y de manera inconsciente lo estoy pagando con él? ¿O si mi presencia es una mala influencia para él? O todavía peor, ¿estaba mejor sin mí?
Estoy destrozada. Todo el mundo me dice que es una fase y no me preocupe. Pero no puedo evitarlo. ¿Me he equivocado al dejar de trabajar?