No sé si soy la única persona que sigue reviviendo momentos vergonzosos de hace años justo antes de quedarse dormida, pero mi cerebro tiene una colección bastante amplia de grandes éxitos.
Hay capítulos dedicados a entrevistas de trabajo, a exnovios, a mensajes enviados a la persona equivocada y, desde hace unos meses, a una situación con una cajera de supermercado que todavía me hace querer mudarme de país.
Todo ocurrió un martes cualquiera. Yo había entrado al supermercado después de trabajar, cansada, con hambre y con esa energía que tenemos las adultas cuando intentamos hacer cuarenta cosas a la vez: NINGUNA.
Llevaba el carrito lleno de compras absurdamente incoherentes: verduras para ser una persona responsable, chocolate para compensar el esfuerzo de ser una persona responsable, madalenas para darme un capricho y una bolsa enorme de patatas fritas porque tampoco hace falta dejar de lado a los hidratos.
Cuando llegó mi turno, empecé a colocar los productos en la cinta mientras pensaba en mis cosas…nada hacía presagiar la tragedia.
La cajera empezó a pasar los artículos y, de repente, cogió un paquete de bollería industrial familiar, lo levantó en el aire, me miró y dijo:
«¿Todo esto para ti?»
La pregunta cayó sobre mí como una bomba nuclear. Detrás de mí había unas diez personas esperando. Diez testigos. Diez personas que ahora sabían que los martes me empapuzo a madalenas para que la vida sea más bonita.
Yo me quedé bloqueada.
Una persona normal habría respondido algo lógico como «no, vivo con mi familia» o «no, es para compartir» o que coño… directamente «¿Y a ti que te importa?». Pero mi cerebro decidió abandonarme justo en ese momento, vi como mi inteligencia se iba de mi cuerpo haciendo el moonwalk.
«Bueno… no siempre en el mismo día, me las como a ratos» – Eso fue lo que respondí y todavía hoy no entiendo por qué. Es que… si me pasara a día de hoy le hubiera contestado bien alto «Sí y me las como todas a la vez mojándolas en chocolate a la taza», para darle algo de lo que hablar.
La mujer se quedó mirándome unos segundos. La cola también y estoy convencida de que alguien tuvo que contener la risa.
Intenté recuperar algo de dignidad pagando a toda velocidad, pero ya era tarde. El daño estaba hecho.
Lo más absurdo es que, cuanto más tiempo pasa, más pienso en aquella situación y más me doy cuenta de una cosa: ¿Por qué me sentí tan avergonzada?
Porque, siendo sincera, a las mujeres se nos juzga constantemente por cualquier cosa relacionada con nuestro cuerpo o con la comida. Si pides ensalada, alguien comenta que estás a dieta. Si pides una hamburguesa, alguien pregunta cómo puedes comer eso. Si compras bollería, parece que tengas que justificar su existencia ante un tribunal internacional.
No sé…llega un momento en el que acabamos sintiendo que tenemos que dar explicaciones por absolutamente todo.
Así que, después de mucho reflexionar sobre aquel incidente, he llegado a una conclusión: Si quiero comprar verduras, chocolate, helado, patatas fritas y un paquete gigante de donuts el mismo día, no necesito presentar un informe detallado a nadie.
Aunque reconozco que, si vuelvo a encontrarme con aquella cajera, probablemente cambiaré de supermercado.
