Imagina tener una hija de 18 años. Estar separada desde hace poco. Una noche de Carnaval sales de fiesta con una amiga y coincide que también está tu hija con unos amigos, así que os juntáis en el antro de turno.
Imagina que estáis todas tomando algo y el chico más guapo de toda la discoteca se acerca a ti a susurrarte al oído.
¿Qué has sentido? Pues ahora te cuento lo que sentí yo…
Spoiler: tenía casi 20 años menos que yo, casi, casi la edad de mi hija.
Rebobino… (retrocedo en la historia, para las millennials que no entendéis lo de rebobinar).
Era un sábado de febrero, de esos de Carnaval. Yo iba vestida de Twister, el juego ese de mano derecha azul, pie izquierdo amarillo. Llevaba una ruleta en la mano, iba vestida de negro y había redondeles de colores repartidos por todo mi cuerpo. Os imagináis dónde, ¿no? Era un disfraz fácil y muy divertido, así que dio juego toda la noche.
Cuando ya decidí irme de aquel bar, porque estaba aburrida y harta de borrachos, de esos donde ponen música ska y la gente salta y grita, me hipnotizó el chico más guapo de toda la sala. No exagero: parecía hecho por IA. Perfecto.
Moreno, con tupé, ni muy alto ni muy bajo, mirada matadora, sonrisa rompebragas, septum y un atractivo de revista.
Me miró y me lanzó una sonrisa que oí crujir la goma de mis bragas. Acto seguido me giré, porque pensé que era imposible que aquello fuera para mí. Mi sorpresa fue que no había nadie detrás.
¡Me estaba sonriendo a mí!
Me puse roja como un tomate.
Yo intuía que era joven y no me imaginaba que le pudiera gustar a alguien así, una viejoven de cuarenta tacos, año arriba, año abajo.
Seguí bailando con mis amigas, como quien oye llover, hasta que vi que se acercaba. Iba directo a mí, con paso de “te voy a quitar hasta los miedos” y mirada de “¿tienes fuego?”, y no me refiero al mechero.
Se agachó y me susurró al oído:
—Si quieres más, ven al local de aquí al lado.
(No me acuerdo del nombre de la discoteca; será la edad).
Cuando se fue, rozó su mano con la mía. Fue solo eso, un roce. Lo que yo sentí fue distinto: como si pasara a mi lado una tormenta de calor, breve y salvaje, y me dejara la piel ardiendo y la cabeza en blanco.
Todas mis amigas vinieron a preguntarme qué me había dicho aquel muchacho. Parecíamos quinceañeras. Menos mal que en ese momento mi hija había salido; si no, me muero de vergüenza.
Sin comerlo ni beberlo, mis amigas me cogieron de la mano y nos fuimos, como un trenecito de parvulario, a la otra discoteca.
Al entrar en ese local, de música más comercial y bailable, lo vi apoyado en una esquina de un pasillo oscuro que llevaba a los baños. Me estaba esperando.
Me guiñó el ojo y, con la mano, me hizo una señal para que fuera.
Tenía las mismas ganas de engancharme a su yugular que de salir corriendo por la puerta con el rabo entre las piernas.
La sensación que viví en ese preciso instante no la he vuelto a vivir nunca. Fue una mezcla de vértigo, deseo y miedo que, a mi edad, no sabía que todavía era posible.
Y me fui corriendo…
Bueno, ¿cómo me iba a ir corriendo con ese monumento esperándome y llamándome?
Fui directa hacia ese pasillo oscuro, donde el ruido de la música se apagó, donde la gente desapareció por arte de magia, donde mis prejuicios se quedaron en la puerta, y solo estábamos ese desconocido y yo, dándonos el mejor beso de mi vida.
Ojalá los besos se pudieran guardar en botecitos. Ese estaría en uno de cristal, con tapa roja y una etiqueta en forma de estrella que pondría: El beso que lo cambió todo.
Porque eso fue exactamente eso. Hubo un antes y un después de mí en ese instante.
No tocaba el suelo; creo que por un momento incluso volé.
Hasta que su mano me devolvió a la tierra, guiándome por el pasillo, en dirección a los baños.
Nos metimos en uno. Cerramos el pestillo y el calor que se generó allí no lo produce ni Endesa con todas sus centrales.
Hasta que mi cerebro recordó que mi hija estaba fuera y que en cualquier momento podía entrar y preguntar por mí.
Las madres debemos tener algún muñequito interno en el cerebro, como en Inside Out, que aparece y presiona un botón de emergencia justo cuando menos lo necesitas: pasas del fuego al hielo en décimas de segundo y te quedas humeando por dentro un buen rato.
Le pedí que parara, aunque no era lo que yo quería. Él me preguntó si no me gustaba. Ay, madre… si no me gustaba.
Le conté mi preocupación, le dije que me encantaba, pero que tenía que salir. Y lo entendió perfectamente.
Salimos y fuimos a la barra a tomar algo. Allí nos presentamos. Me dijo que se llamaba M. y que tenía 25 años.
Quedamos para el fin de semana siguiente en mi casa, que estaría sola y tendríamos todo el tiempo del mundo.
Aunque esa semana me enteré, por él, de que no tenía 25.
Tenía 20.
Así que anulé la cita que teníamos el sábado.
O quizá no del todo.
Porque hay noches que no se olvidan, besos que no se negocian y decisiones que, aunque no se cuenten, siguen ardiendo muchos años después.
¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?
Cuéntame. Te leo.
Raquel Romarís
