Estoy fatal perdonadme
Yo soy hija única, por parte de mi madre no tengo ningún tío y por parte de mi padre tengo una tía. Siempre he sentido que esta última ha sido una segunda madre para mí, sobre todo cuando mi madre murió y ella se volcó en mi padre y en mí. Tanto es así que se vino a vivir con nosotros y llevamos varios años siendo una familia un tanto peculiar.
Cuando mi tía se vino a vivir con nosotros, dejó un piso viejo y feo que al principio no quiso alquilar, porque no le hacía falta. Con el paso de los años la convencimos para que lo alquilara y por lo menos tuviera para pagar la comunidad y los gastos fijos. Lo hizo, por un precio muy reducido, porque lo cierto es que el piso necesitaba unas buenas reformas.
Los años pasaron, yo crecí y me eché novio y empezamos a pensar en irnos a vivir juntos. El principal problema que teníamos era uno que no os extrañará nada: el presupuesto. Buscamos y buscamos y no encontrábamos nada que se ajustara nuestras necesidades, así que estábamos tristes y pensando en desistir. Sin embargo, ocurrió el milagro y los inquilinos que tenía mi tía en su casa dijeron que se iban. Vi la luz. Lo que estaba cobrando mi tía sí que podíamos pagarlo, además era mi tía, no nos iba a pedir avales ni nóminas (trabajamos en precarios los dos). Se lo dije y ella se mostró encantada, qué mejores inquilinos iba a tener en su casa y que la fueran a cuidar mejor.
— Ya sabes que la casa está vieja y fea, que necesita muchas reformas.
— No te preocupes, tía, nosotros nos apañamos.
Tan felices, nos fuimos a vivir allí, nuestro primer nidito de amor.
Tanto mi chico como yo somos muy apañados en las cosas manuales, a él se le da muy bien la electricidad y a mí el bricolaje. Así que le pedimos permiso a mí tía para darle una vuelta a la casa. Ella nos dijo que sin ningún problema, pero que no pensaba poner un duro ni rebajarnos el alquiler, que lo que hiciéramos era bajo nuestra cuenta y riesgo y si hacíamos algún estropicio y tenían que venir los profesionales lo pagaríamos nosotros. Aceptamos.
Antes de hacer cada arreglo le pedíamos permiso. Siempre nos dijo que sí. Así que quitamos el gotelé y pintamos toda la casa. Pintamos las puertas de blanco, porque la casa era muy oscura y pensamos que sería una manera de hacerla más luminosa; restauramos un montón de muebles y sustituimos otros viejos y feos por unos nuevos y más modernos; sacamos más enchufes en casi todas las habitaciones y nuevos puntos de luz; cambiamos lámparas y la casa empezó a lucir de otra manera. Luego nos metimos con la cocina, pintamos los azulejos, cambiamos la madera de la encimera, pintamos los muebles, que tenían un color bastante añejo y pusimos algunas estanterías para hacerla más funcional. Nos quedaba el baño, pero no queríamos ni podíamos meter el dinero que hacía falta para renovarlo, así que lo hablamos con mi tía y nos dijo que no, que estábamos dejando la casa preciosa, que hiciéramos lo que quisiéramos, pero ella ya nos había dicho que no iba a meter dinero. Así que seguimos con nuestras reformas de domingueros. Pusimos mejores focos de luz, cambiamos el espejo, pintamos los azulejos, quitamos el bidé para conseguir más espacio y renovamos la silicona de la ducha. Quedó como nuevo.
Parece poco, no hicimos ninguna reforma gorda, pero el ambiente de la casa cambió de una manera increíble. Mi padre y mi tía estaban alucinando de todo lo que habíamos hecho y los vecinos de mi tía se quedaban boquiabiertos cuando mi tía les enseñaba la casa.
Tan bonito y nuevo lo dejamos, que se conoce que la gente empezó a decirle que teniendo en cuenta cómo estaba el mercado del alquiler en ese momento por el piso podría sacar 1000€. A mi tía le debieron hacer los ojos chiribitas, era el doble de lo que nos cobraba. Cierto es que no lo necesitaba, pero dejar pasar una oportunidad como esa…
Mi tía nunca jamás ha sido egoísta, ni avariciosa, pero quizá con la edad las personas se vuelven más desconfiadas, no lo sé. El caso es que la idea debió empezar a hacer nido en su interior, porque al mes nos llamó para hablar y nos dijo que lo había pensado mejor, que la vida estaba muy mal y que quería alquilar el piso por su valor de mercado. Nos dijo: si me pagáis 1000€ os lo digo dejando a vosotros, os hago el favor y os lo dejo en 900€.
Ella sabía de sobra que nosotros no podíamos pagar eso, mucho menos después de lo que nos habíamos gastado para reformar SU piso. No nos lo podíamos creer, mi segunda madre se estaba aprovechando de nosotros de manera descarada. La ilusión que habíamos puesto en todos los cambios que habíamos hecho, el tiempo, el trabajo y el dinero, la cantidad de fines de semana que nos quedamos trabajando en la casa en lugar de irnos de fiesta… No nos lo podíamos creer.
He intentado hablar con ella en varias ocasiones, mi padre lo mismo, pero no hay manera y mi padre no tiene fuerzas para echarla de casa después de todo lo que ha hecho por nosotros a lo largo de los años. Lo más que hemos conseguido ha sido que nos deje quedarnos dos meses para buscar otra casa. Así que aquí nos vemos, buscando piso de nuevo y con ninguna esperanza de encontrarlo. Veo que mi chico tendrá que volver a casa de sus padres y yo a vivir con mi padre y con la persona que nos ha hecho esta tremenda jugarreta.
