Texto enviado por una seguidora a [email protected]
Mis analíticas siempre habían sido de libro. Perfectas. Impecables hasta que me quedé embarazada. Durante el primer trimestre vieron que tenía los valores de la tiroides altos, así que me dijeron que no me preocupara, que era normal y que me tomara Levotiroxina todos los días en ayunas. Lo denominaron hipotiroidismo subclínico, que viene a significar que no produce síntomas, pero se puede observar en las análiticas. En teoría, una vez pasado el embarazo, desaparecería con él.
Cuando terminó el embarazo, me dijeron que dejara de tomar la pastilla y así estuve un año y poco hasta que quisimos buscar un hermano para nuestro hijo y me fui a hacer un chequeo. En la analítica vieron que volvía a tener la T4 disparada (vamos, una de las hormonas tiroideas) y que, si quería quedarme embarazada, tenía que volver a tomar la Levotiroxina. Subclínico todo. Y una mierda.
La segunda vez, tras dar a luz, fui a mi médico de cabecera y le pedí que me hiciera una analítica para ver cómo iba evolucionando la tiroides. Mal, iba mal. La parte buena es que todo se solucionaba con las pastillitas en ayunas y ya veríamos cómo evolucionaba la cosa.
Todo este periodo se me juntó con una bebé que no dormía nada y estaba destrozada todo el día. El cansancio y el sueño formaban parte de mi día a día y yo lo achacaba a la maternidad. Se me partían las uñas al mirarlas, se me caía el pelo, se me olvidaban palabras cotidianas… Pero todo era normal porque no dormía.
Al año y medio, cuando mi hija por fin empezó a dormir, todo seguía tal cual y ya no había razón para estar cansada todo el tiempo. Volví al médico de cabecera y, entre otras pruebas, me mandó una ecografía de la tiroides y “voilá”. Diagnóstico: tiroiditis de Hashimoto. En teoría, con las pastillitas, todo bien.
Pero estamos en la época de Google y las perspectivas que me daba Internet no eran muy halagüeñas. Una enfermedad autoinmune que no parecía mejorar con la Levotiroxina. Como vi que la cosa iba en serio, empecé a leer libros, ver vídeos, leer experiencias similares y parece que todo podía mejorar algo con la alimentación, el deporte y la reducción del estrés.
Fui a una nutricionista que lo primero que me quitó fueron el gluten, los lácteos y la soja. Como coincidía con todo lo que había leído, lo empecé a hacer. Con respecto al deporte, me apunté a un gimnasio de entrenamiento funcional y conseguía ir de dos a tres días por semana más otro de pilates. La suplementación también empezó a formar parte de mi día a día para compensar el poco (o inexistente) trabajo de la tiroides.
Unos meses después, mejoraron los síntomas. Mi estado de ánimo se volvió menos inestable y empecé a descansar mejor. Pero todo va a rachas y a días.
Es muy duro pensar que este va a ser mi acompañante toda la vida y que tengo que lidiar con el levantarme cansada y sin ganas de nada. Es cierto que ya es todo mucho más leve, pero está ahí. A ello se suma un metabolismo ralentizado que me deja estancada en un peso con el que no me siento a gusto, pero lo primero es trabajar con los cimientos y ya luego iremos al tejado.
Si te han detectado una enfermedad autoinmune, no estás sóla. En España se calcula que un 4% de la población sufre alguna patología de este tipo. Mi consejo: ponte en manos de especialistas, descansa de verdad e intenta, y esto es muy fácil decirlo, pero muy difícil en los tiempos que corren, reducir el estrés. Busca información, empápate de ella y prueba: no pierdes nada por pasar una temporada sin gluten o lácteos de vaca. Acéptala, pero no te resignes.
Todavía estoy en el proceso de entender qué me pasa y por qué hay momentos mejores y peores. Sobre todo si van asociados a algún cambio. Es la punta del iceberg, lo sé. Pero con nombres y apellidos es más fácil buscar soluciones.
