David y yo estuvimos juntos casi siete años, que se dice pronto. Nos conocimos en el instituto y, aunque él era unos años mayor que yo, nos pasamos mucho tiempo tonteando entre clase y clase. Hasta que hizo selectividad, se marchó a la uni y yo me quedé en el instituto, que se me hacía muy pequeño y aburridísimo sin mi crush.
Aunque ya no nos veíamos, hablábamos de vez en cuando y me contaba cómo le iba en la universidad. Por supuesto, que él tuviera pareja no fue un inconveniente para que me tirase los trastos descaradamente cada vez que charlábamos. Sin embargo, me di cuenta de que estaba empezando a sentir algo más serio por él y que, además, aquello no era justo para su novia, así que decidí cortar la relación con él. Me costó lo que no esta escrito superarlo, porque más allá de la atracción física, David significaba mucho para mí. Pero como suele decirse, nadie se muere por nadie y con el tiempo, conseguí olvidarme de él.
Ya habían pasado un par de años cuando una noche de fiesta, conocí a Miguel Ángel. Yo estaba bailando con mis amigas cuando, a lo lejos, vi a un chico con la sonrisa más bonita y más sexy del mundo. Me encantó nada más verle, pero cuando le conocí un poquito me
quedé loquísima con él. Era divertido, amable, cariñoso y todo lo que hacía o decía me parecía sexy a rabiar. Resultó que era del mismo pueblo que yo y que conocía a la misma gente, así que con la tontería de ser casi vecinos, decidimos compartir taxi para volver a casa. Como os podéis imaginar, no era más que una excusa tonta para pasar más tiempo juntos y, aunque evidentemente, no en aquel taxi, terminó pasando lo que tenía que pasar.
Después de aquel día, seguimos viéndonos casi a diario durante algunos meses más. Me encantaba estar con Miguel, y aunque la mayor parte del tiempo la pasábamos en la cama, sentía mucha complicidad con él. Lo cierto es que aquello que había entre los dos se puso algo más serio y yo estaba encantada de que así fuera, hasta que un día, le pillé mirándome el móvil. Me quedé de piedra. Nunca le había dado ningún motivo para hacerle sospechar ni hablaba con nadie más. La verdad es que estaba empezando a enamorarme de él, pero no podía seguir con alguien que desconfiara de mí y que además, invadiera mi intimidad como si nada. No quise saber nada más de él.
Y en medio de aquella ruptura, cuando intentaba volver a mi vida de siempre, me encontré a David. Estaba más guapo que nunca. Nos dimos un abrazo y me pidió que me dejase invitar a una cerveza para ponernos al día. Era como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros, cuando me dio un beso en la mejilla recordé lo colgada que había estado por este tío y me di cuenta de que todavía seguía sintiendo algo por él. Me dijo que estaba soltero y que le encantaría recuperar la relación de amistad que tuvimos alguna vez. Pero ambos sabíamos que no era ser amigos lo que buscábamos en el otro, que nunca lo había sido. Poco tiempo después, con casi cinco años de retraso, empezamos a salir.
David no tardó en presentarme a sus amigos más cercanos, a los que en su mayoría ya conocía de vista de nuestra época del instituto. Todos me acogieron como a una más. Sin embargo, me dijo había unos cuantos colegas más que yo no conocía, gente que había conocido en la universidad o en el trabajo pero que ya me presentaría ese mismo finde. Habían quedado todos para ver un partido en un bar. Odio el fútbol, pero la verdad es que me lo pasé genial con ellos y todo iba de perlas. Hasta que llegó el último de sus amigos, un tal More al que yo no conocía. O eso creía yo.
Aquel More no era ni más ni menos que Miguel Ángel, mi ex rollo. Por lo visto ese era su mote en aquella pandilla. Cuando nos presentaron a los dos nos pusimos tan rígidos que parecía que nos íbamos a romper. Todavía sigo sin saber por qué, pero ninguno de los dos le dijo a David que ya nos conocíamos muy bien. En lugar de eso, nos dimos dos besos como si nunca nos hubiéramos visto antes, colorados como un tomate, aunque
nadie pareció sospechar. Cuando tuve la oportunidad de hablar con él, me dijo que prefería morirse antes que decirle a uno de sus mejores colegas que se había acostado con su novia aunque ya hubiera pasado un siglo desde entonces. Sinceramente, yo tampoco me atreví.
No quería estropear su amistad y, sobre todo, reconozco que me daba miedo lo que pudiera pensar de mí. Lo peor de todo es que no habíamos hecho nada malo, porque cuando nos acostamos yo estaba soltera y él no conocía a David por aquel entonces. Aún así, sin decirlo a las claras ni firmar ningún acuerdo, pactamos no abrir la boca nunca. Se me hacía muy difícil fingir a cada rato que me caía bien, que ni le había tenido desnudo en mi cama ni que se habia comportado como un gilipollas celoso cuando estábamos juntos.
No obstante, durante los siete años que estuve con David jamás le dije nada al respecto y tampoco se olió nada, porque Miguel Ángel y yo manteníamos una relación cordial en su presencia para no levantar sospechas.
Supongo que soltarlo aquí me sirve para liberarme. gracias
