Y fue así como terminé en recursos humanos.
A mí compañero lo llamaremos Juanito el apestosito. Pues Juanito el apestosito llegaba oliendo mal a la oficina absolutamente todas las mañanas. Yo entiendo que puede haber un accidente, de un evento puntual, que por alguna mañana se haya olvidado de echarse el desodorante, pero que un hombre joven, con 4 dedos de frente, y que tuvo la suficiente capacidad cognitiva de conseguir un empleo en una inmobiliaria, no tenga la capacidad de discernir entre ser un buen compañero o ser un ente esencialmente conminatorio en un espacio común, no lo entiendo.
Si con esas cuatro neuronas Juanito era capaz de limpiarse el culo, debería también poder ponerse un poco de desodorante. Todos los días del mundo, desde primera hora, Juanito llegaba a la oficina ya apestoso. Su olor anunciaba su llegada incluso antes de que pudiéramos verlo.
En principio cuando se unió al equipo notamos la particularidad, pero era tolerable, pero cuando llegó el verano el mal olor de Juanito se convirtió en un problema para todos, la oficina es un espacio amplio y los más afectados eran los allegados a Juanito, pero en algún u otro punto, todos sufriamos. Juanito era un gilipollas, pero mis compañeros aún más. Le hacían chistes, bromeaban con el al respecto, le pusieron el apodo de Juanito el apestosito, y a mi francamente, no me hacia nada de gracia.
Es nuestro lugar de trabajo, nadie quiere estar ahí (no que sea malo, pero creo que estamos de acuerdo que todos preferiríamos estar en casa recostados en el sofá y mirando tik tok, que en una jodida jornada de ocho a cinco).
Otros cuantos decidieron tomar cartas en el asunto con soluciones tales como cambiarse de puesto o piso. Yo fui un poco más formal y radical y me quejé en recuerdos humanos. Increíblemente, me dijeron que podían hacer nada ya que, en teoría, Juanito no estaba rompiendo ninguna regla corporativa. Muy fácil tomar esa postura si están en un piso diferente, supongo.
Un poco cansada de pasarla mal y de que Juanito hiciera mi jornada más pesada de lo necesario, decidí tomar cartas en el asunto y regalarle un desodorante por el bien de todos. Si me preguntan a mí, fui muy amable, le dije poco menos de lo que les cuento a ustedes en este relato, de manera muy amable y empática. Como si le hablara a un crio a ver si así me entendía sin ofenderse. Si le preguntan a él, no se que coño pasó, pero terminé en recursos humanos con una amonestación y la mitad de mis compañeros en mi contra.
El desenlace del evento: Juanito continúa apestando la oficina, y yo me encuentro buscando otro empleo porque me rehúso a tener que contener la respiración por ocho horas mientras hago conciliaciones y facturas, y además, ser yo la villana del cuento.
