Texto enviado por seguidora a [email protected]
Os pongo en situación: madre primeriza y bebé preciosa. Estás deseando que todo el mundo te diga lo maravillosamente bien que te ha salido la polluela y te invitan a una boda cuando tiene 8 meses. Entonces, es cuando te planteas si llevártela o disfrutar de un rato de diversión con tu pareja, a solas, sin pañales ni llantos. Yo, que soy de pensar poco, decidí que nos la llevabámos y así la veían todos nuestros amigos. Mira que mi madre me dijo que se quedaba con ella…
Punto número uno: comprarle el vestido más de repollo que haya en toda la tienda. Rosa, con tul y lacitos, obviamente, diadema a juego. Y te la imaginas ahí, toda emperifollada, en brazos de unos y de otros y te mueres de amor porque eres tonta del bote.
La boda era al mediodía, así que podíamos arreglarnos con tiempo porque vivimos cerca de donde se celebraba. Bueno, lo de arreglarnos con tiempo es un decir. La niña come algo y se bebe su biberón reglamentario, sacada de gases y vestidito al canto. La niña, preciosa. Me toca vestirme: vestidazo, me apaño el pelo y la cara y estoy divina de la muerte. Cojo a la niña y ¡pum! ¡Buche de leche rancia encima! ¡Joder! Que no tengo plan b…
¿Qué hago? Corro y me quito el vestido, lavabo, jabón Lagarto e intento deshacer el desastre con el secador. ¡No se seca! ¡Nos vamos! Ya se secará por el camino.
Conduce mi marid y, mientras tanto, voy con el abanico dándome aire a ver si desaparece el manchurrón que tengo en el pecho. Parece que se va. Sólo lo parece porque, en realidad, la mancha sigue por ahí, menos visible, pero está.
Llegamos a la finca con todo el estrés que hemos pasado. Respiramos. Sonrisas, saludos y, la niña, ¡qué bonita! ¡Cómo se parece a su padre! ¡Ay qué ojos! ¡Mira qué papos! Y nosotros hinchados como un pez globo.
Empieza la ceremonia: preciosa, al aire libre, entre olivos y con una fuente de fondo. Muy bucólico todo. Y, de fondo, los berridos de mi hija. Nunca te imaginas lo fuerte que llora un bebé hasta que hay un silenicio absoluto porque llega la novia. ¡Joder! Salimos pitando lo más lejos que podemos para calmarla. ¡Que no hay forma! ¡Ni biberón, ni brazos, ni nada! De fondo, la boda. Pero, claro, al fondo de la boda, mi niña dándolo todo a voz en grito. No nos enteramos de la ceremonia.
Se queda dormida del agotamiento. ¡Bien! ¡Justo en el cóctel! Vinito aquí, entrante, vinito, entrante, y, como ya no estamos para fiestas, lo damos todo.
Toca sentarse para la comida: la niña sigue dormida… ¡por poco tiempo! Al acabar el primer plato se despierta. Le damos su comida y ya no hay forma de que vuelva a la sillita. En brazos todo el rato. Nos la turnamos su padre y yo para que podamos comer algo. Pero todas sabemos lo que es comer con un bebé encima: segunda mancha en camino… ¡Copazo de vino a toda la pechera (otra vez)!
Salgo pitando al baño para deshacer el entuerto. Pero mi vestido ya lo ha dado todo. Voy hecha un Cristo. Me animo pensando que da igual, que todo el mundo va ya hasta arriba, que nadie se va a dar cuenta. De lo que no me doy cuenta yo es de que las fotos siempre quedan para la posteridad y no es mi mejor momento.
¡Segunda siesta de la niña! ¡Aleluya! Y, además, en la parte del baile. ¡Ahora sí que me desquito! Copazo al canto, reggaeton y a bailar con mis amigas de toda la vida que, desgraciadamente, pueden observar cómo ni niña vuelve a llorar y se convierte en la del exorcista: vomitando por todos los lados. Está malita. A casa.
Después de todo, esa es la primera y la última vez que llevo a mi hija a una boda hasta que tenga 18 años. Porque yo a una boda voy a disfrutar, no a presumir de bollo.
