Antes de que alguien se tire a mi yugular en comentarios: lo tomo con prescripción médica, bajo control de mi endocrina y no se lo recomiendo a nadie sin receta. Cada cuerpo es un mundo, cada caso es cada caso y esto que os voy a contar es mi experiencia personal, no una guía ni una recomendación para nadie. Avisadas quedáis
Empecé con Wegovy en diciembre. Y voy a empezar por lo obvio para quitármelo de en medio rápido, porque no es de lo que quiero hablar: Sí, he perdido peso. Unos 15 kilos en cuatro meses. Sí, he tenido náuseas las primeras semanas y alguna tarde con el estómago tonto. Sí, la ropa me queda mejor. Todo eso lo doy por contado porque lo he leído mil veces en foros y en TikTok y no es por lo que escribo esto.
El Wegovy no solo me ha quitado el hambre. Me ha apagado algo que tenía encendido en la cabeza desde los trece años.
Desde la adolescencia yo he vivido con una especie de RUIDO permanente. Un ruido que se activaba solo. Un runrún constante pensando en comida. Qué iba a cenar cuando solo eran las once de la mañana. Si hoy me había portado bien o mal. Qué había comido ayer. Si había galletas en el armario y podía picar una. Si tenía que comprar chocolate cuando bajara al súper. Si aquel trozo de tarta de la cena de curro me lo podía permitir o no.
Un cálculo mental continuo, de fondo, como una radio encendida en la habitación de al lado. No siempre la escuchaba con atención pero SIEMPRE estaba ahí.
¿Os suena? Decidme que no soy la única por favor
Pues tres semanas después de empezar las inyecciones, un viernes cualquiera, me di cuenta de algo muy raro.
Había pasado la mañana entera trabajando y no había pensado en la comida. Ni una vez. Ni UN solo pensamiento sobre qué iba a comer, qué me apetecía, qué había en la nevera.
Me costó identificar qué era lo raro. Era como cuando apagas un aparato que lleva años haciendo un zumbido bajito. El silencio que queda al principio desconcierta. Te preguntas qué falta.
Lo que faltaba era el ruido.
Hablé con mi endocrina de esto y me explicó una cosa que flipé. Me dijo que la medicación no solo actúa sobre la sensación física del hambre. También actúa sobre los circuitos de recompensa del cerebro, esos mismos circuitos que están implicados en las adicciones, en los pensamientos obsesivos, en la ansiedad por la comida.
Para muchas personas que tomamos estos medicamentos, lo que se apaga no es solo el hambre. Es la OBSESIÓN con el hambre. Es otra cosa distinta. Y esto casi nadie lo cuenta, y a mí me parece el puntazo más importante de toda esta experiencia y que quien no tiene precisamente ese ruido constante, jamás lo entenderá.
Durante estos cuatro meses he tenido momentos de algo parecido al duelo.
Momentos en los que me he sentado a la mesa, sola, en silencio, comiendo un plato de verdura, y he pensado: ¿esto era comer? ¿Así comía la gente normal todo este tiempo, sin toda esa negociación mental detrás?.
Y he sentido tristeza. Tristeza de todos los años anteriores, todas las horas perdidas, toda la energía mental gastada en una cosa que igual nunca tuvo que ser tan grande. Joder.
Y rabia. También mucha rabia. Porque me ha dado por pensar: ¿y si no hubiera tenido que estar negociando con mi cabeza todos estos años? ¿Qué habría hecho con ese espacio mental? ¿Cuántas cosas habría pensado, disfrutado, aprendido, si no hubiera tenido ese piso entero alquilado al ruido?
No lo sé.
si alguna de vosotras está empezando o está pensando en empezar, que sepáis que lo que viene quizá no sea solo perder kilos.
Quizá sea un descubrimiento bestial sobre cómo era vuestra propia cabeza.
Y quizá ese descubrimiento sea el cambio más gordo de todos. Más que los kilos. Más que la cara. Más que la ropa.
Y sí, si dejas la medicación el ruido vuelve. Por lo que espero que más pronto que tarde entendamos que esto es algo crónico y como tal debe ser tratado.
Insisto, esta es mi experiencia, no pretendo convencer a nadie de que lo use.
Abrazos.