Lo de regalar dinero en las bodas nunca se acabará porque sois los primeros en mirar mal a quien no lo hace
Todo el mundo se queja de tener que poner dinero en una boda.
Todo el mundo.
Que si ahora para ir a una boda tienes que pagar entrada. Que si cuánto hay que poner. Que si mínimo cubrir el menú. Que si además la despedida, el vestido, la peluquería. Que si la boda es fuera y hay que coger coche, tren, avión y hacer casi una planificación financiera para ir a ver a dos personas decir que se quieren.
Todos nos quejamos. Pero luego alguien dice: «yo voy a poner 80». Y siempre aparece una voz: «¿solo?». Y por esa razón, este circo no se va a acabar nunca mientras sigamos mirando mal a quien no quiere seguirlo. Nos encanta criticar que las bodas se hayan convertido en una especie de peaje social, pero somos los primeros en hacer cuentas, comparar sobres y juzgar al que no ha puesto lo suficiente.
Una invitación, no una factura encubierta
Después de una boda siempre hay comentarios. «No me regaló nada». «Solo me puso esto». «Con lo que costó el menú». «Pues para lo cercana que es, se ha estirado poco». Y luego nos sorprendemos de que la gente vaya agobiada. ¿Cómo no va a ir agobiada si sabe perfectamente que el sobre también se evalúa?
Podemos hacer como que no. Podemos decir «no hacía falta», «pon lo que puedas». Pero muchas veces sí hacía falta, y la gente lo sabe. Lo sabe porque luego se comenta. Lo sabe porque hay una cifra invisible que nadie dice del todo, pero todo el mundo intenta adivinar.
Y qué agotador. Una boda debería ser una invitación, no una factura encubierta.
Es tu boda, no el proyecto económico de tus invitados
Si tú decides casarte, celebrar una boda grande, poner un menú carísimo, alquilar finca, flores, barra libre, autobuses y todo lo que te apetezca, perfecto. Hazlo. Disfrútalo. Es tu boda. Tu decisión. Tu presupuesto. No el proyecto económico colectivo de todos tus invitados.
Ahí es donde algo se nos ha ido de las manos. En algún momento pasamos de «quiero que estés conmigo en un día importante» a «necesito que tu presencia me ayude a cuadrar el Excel». Y si una boda te cuesta más de lo que puedes asumir sin contar con los sobres, igual el problema no es que tu amiga haya puesto poco. Igual el problema es que has montado una boda por encima de tus posibilidades.
Ir a una boda cuesta dinero antes incluso de llegar al sobre: ropa, desplazamiento, alojamiento, peluquería, días libres si coincide fuera. Y si encima la despedida implica avión, alojamiento, cenas y camisetas iguales, ya no estás invitando a una boda, estás abriendo una suscripción.
Y aun así, si alguien dice que va justo, que pondrá menos, que no llega a la despedida, parece que queda mal. Como si no quisiera lo suficiente. Como si la amistad se midiera en transferencia bancaria. Y no puede ser.
Nos quejamos en privado, pero cumplimos en público
Claro que a muchas personas les apetece regalar dinero, ayudar a los novios, cubrir el menú o dar algo generoso porque les nace. Perfecto, ese no es el problema. El problema es que haya una obligación disfrazada de costumbre. El problema es que llamemos regalo a algo que en realidad funciona como tarifa mínima. El problema es que se diga «pon lo que puedas» y luego se mire raro a quien puso justo eso: lo que pudo.
Y lo peor es que todos participamos. Nos quejamos en privado, pero cumplimos en público. Criticamos el sistema, pero lo sostenemos. Decimos «qué fuerte lo de pagar entrada en las bodas», pero somos los primeros en preguntar cuánto va a poner el resto para no quedar mal. No queremos ser la rata. No queremos que nuestro sobre sea tema de conversación al día siguiente.
Así que pagamos. Aunque nos moleste. Aunque nos descuadre. Aunque llevemos semanas calculando. Aunque pensemos: qué ganas de que pase ya esta boda.
Y así, claro, esto nunca se acaba. Para que se acabara, alguien tendría que aceptar que ir a una boda ya es un esfuerzo, que asistir también cuenta, que querer a alguien no significa poder gastarte lo mismo que otra persona. Que un regalo debería nacer de lo que puedes y quieres dar, no del miedo a que te llamen cutre.
Y habría que aceptar otra cosa: si invitas, invitas. No medio invitas. No invitas esperando recuperar. No invitas haciendo cuentas mentales de quién cubrirá qué. Invitas porque quieres que esa persona esté. Y si no puedes asumir que alguien vaya, coma, baile, te abrace y no te deje el sobre que esperabas, quizá no querías invitarla tanto. Querías que saliera rentable.
Así que sí, seguiremos quejándonos de que las bodas están carísimas, de que las despedidas se han ido de madre, de que cada boda parece una multa emocional. Pero mientras sigamos mirando mal a quien no entra en el juego, no cambiará nada.
El problema ya no es el dinero, es que todos sabemos que, si no lo pones, alguien va a hablar.
Ahí está la trampa. No hace falta que nadie te obligue. Con que te juzguen, basta.
