Mis padres me quieren más que a sus propias vidas. Sin embargo, cuando era niña, mi madre no dudaba en pegarme tres gritos si me portaba mal, y mi padre no tenía más que fulminarme con la mirada para dejarme calladita. Si me caía después de que me lo hubiesen advertido, por respuesta recibía un rotundo: “ahora vas a llorar con razón”. Si osaba responderles de forma inapropiada, pasaba una semana castigada. Ni qué decir tiene que contestar mal a un profesor era algo que no pasaba por mi cabeza.
La hipervigilancia y la sobreprotección actual tampoco eran tales durante mi infancia. Mi madre me “soltaba” en la playa y me pegaba una voz de vez en cuando para que tuviese cuidado en el mar o para que saliese a merendar.
Mis padres asistían al colegio solo una vez al año, para la tutoría anual. Tampoco se sentaban conmigo a hacer los deberes. Si tenía alguna duda, podía preguntarles, pero llevar las tareas escolares y preparar los exámenes era exclusivamente responsabilidad mía. Ellos no conocían las fechas de mis controles ni considero que tuvieran por qué hacerlo. Se limitaban a ejercer el rol de auditores y, llegado el momento, me pedían las notas. Si eran buenas, palmaditas en la espalda. Si eran malas, reprimenda al canto.
Hoy en día, no resulta políticamente correcto decir a los niños una palabra más alta que la otra y levantar la voz parece ser síntoma de pérdida de control. Se prodigan las bondades de la crianza respetuosa. Los niños pueden replicar y opinar y debemos aceptar con paciencia sus rabietas, sin perder la calma. El castigo es cruel y todas las cosas deben ser explicadas, nunca impuestas. Debemos tolerar que el niño chille, patalee y se comporte de una forma maleducada, porque son sus emociones y tiene derecho a expresarlas. En las aulas, contestan al docente como si se tratase de su colega. En los restaurantes, el niño de la mesa de al lado molesta a otro comensal trepando sobre él y gritando como un energúmeno, pero los padres, impasibles, solo alcanzan a llamarlo con suavidad, sin levantarse de sus sillas: “Hijo, ven aquí, no molestes”.
Las tareas escolares han pasado a ser, básicamente, responsabilidad de los padres. Los progenitores, se sientan con sus hijos cada tarde a hacer los deberes; prácticamente vuelven a sacarse la E.S.O. Conocen al detalle qué ejercicios tienen que entregar y en qué fechas. Dedican tanto tiempo a los deberes escolares como sus propios hijos. La participación en los centros educativos resulta también desmesurada. Treinta reuniones al año, el día del padre, el de la madre, el acto homenaje por los cincuenta años del AMPA… la lista es infinita.
Lo más pasmoso es que esto no ocurre solo con los niños pequeños. Alucino al ver como se organizan reuniones para explicar a los padres la forma correcta de cumplimentar las matrículas universitarias. Hablamos de personas con dieciocho años que pretenden ir a la Universidad, institución dedicada al conocimiento y al pensamiento crítico. ¿Y ni siquiera harán la matrícula por sí mismos?
Una compañera de trabajo guarda el DNI de su hijo en su cartera y a él le da una fotocopia. Su hijo irá a la universidad el próximo año y pretende vivir solo a Barcelona.
Me pregunto, reflexiono… ¿no se nos está yendo de las manos? Ahora todo es susceptible de ser traumático para un niño; establecer límites está mal visto. Mucha crianza respetuosa, mucha pedagogía de manual, pero lo cierto es que los niños y jóvenes cada vez presentan tasas más altas de ansiedad y depresión. ¿No será que estamos formando seres incapaces de tolerar la más mínima frustración? Se lo damos todo mascado, jamás reciben una palabra en contra y apenas tienen normas. Al final, cuando se dan cuenta de que la vida es otra cosa -porque tarde o temprano ella misma se encarga de pegarles la bofetada-, no logran soportarlo.
Intento ser tolerante, soy consciente de que en la evolución está el progreso; no se trata de criar a los hijos bajo una disciplina militar. Supongo que hemos entendido que las emociones tienen su función y hemos aprendido a dejar que sean expresadas de una forma más libre. Esto no debería ser negativo, pero como en todo, los extremos son peligrosos. Los niños necesitan cierta disciplina, normas, desarrollar su independencia, hacer cosas por sí mismos y responsabilizarse de sus vidas.
Mis padres lo hicieron lo mejor que supieron, con sus aciertos y sus errores. Recibí algunas reprimendas, algún que otro grito y más de un castigo. Y aquí estoy, sin trauma alguno. Terminé con esfuerzo mis estudios universitarios (y presenté sola la matrícula). Jamás me he sentido abandonada ni herida en mis apegos.
Supongo que al final todos los padres lo hacen lo mejor que saben con las herramientas de las que disponen, pero no puedo evitar preguntarme si realmente estamos contribuyendo a crear una generación de cristal, de jóvenes vulnerables que no saben desenvolverse por sí mismos ni tienen los mecanismos necesarios para afrontar los golpes que, con toda seguridad, les va a propinar la vida.
Tal vez sea yo la equivocada y se trate simplemente del fin de la dictadura de la contención emocional, pero lo cierto es que no puedo evitar pensar que, como generación, nos estamos equivocando de todas todas.

