Provengo de una familia bastante religiosa. Y creedme que cuando digo bastante, me quedo muy pero que muy corta. Tanto mi abuela como mi madre fueron catequistas en la iglesia del barrio durante años, a la que acudíamos toda la familia cada domingo como un reloj. Desde que éramos pequeños nos inculcaron la importancia de la religión y la «comunión con Dios». Por supuesto y como no podía ser de otra forma, tanto yo como mis hermanos estamos bautizados e hicimos la comunión para deleite de mi madre, que nos dio clase de catequesis durante dos años, henchida de orgullo.
En resumidas cuentas, mi familia tiene una estrecha relación tanto con la iglesia en general como con el sacerdote de la parroquia vecinal en particular. Cuando era una niña, que mi madre tomara las decisiones que nos afectaban a todos en función de lo que aquel hombre opinase, me parecía lo más normal del mundo. Sin embargo, a medida que fui creciendo, aquella fe ciega que profesaba junto a mi familia, fue menguando hasta desaparecer por completo. Nunca me atreví a decirlo en voz alta frente a ellos, pero a mis diecinueve años no podía ser más atea y más escéptica.
No quería darle un disgusto a mi madre, así que durante años fingí que estaba de acuerdo con aquella forma de vida que yo, sinceramente, veía absurda pero decidí respetar. Tampoco les dije que, aunque había salido con chicos y me había enamorado de algunos, estaba empezando a sentir algo que no sabía cómo describir por una chica. A pesar de que mi familia era religiosa a más no poder, en mi casa jamás escuché decir que ser homosexual fuera un pecado terrible. Aún así, tuve miedo ante la idea de ser rechazada y pensé que era mejor mantener en secreto la posibilidad de que fuera bisexual.
Lo que sentía por Natalia, mi vecina de toda la vida, me quemaba por dentro. No podía hablar de ello con mis padres o mis hermanos, pero sí podía desahogarme con mis amigos, ya que casi ninguno de ellos formaba parte del círculo de la iglesia. Sin embargo, el miedo a ser juzgada era exactamente el mismo. Por suerte, después de sincerarme y confesar que me sentía atraída por una chica, lo único que recibí fueron muestras de comprensión y cariño. El alivio de saber que contaba con el apoyo de mis amigos fue tan inmenso que aquella conversación me hizo sentir más libre y sobre todo, más valiente.
Lo cierto es que, aunque yo tenía muy claro que estaba loca por Natalia, no sabía si ella sentía lo mismo por mí. Es más, ni siquiera sabía nada sobre su orientación sexual. ¿Y si era hetero? Decidí actuar como lo haría con un chico, poco a poco y con pies de plomo, intentando averiguar en qué bando jugaba. La siguientes semanas las dediqué a comportarme como si nada con ella, haciendo los mismos planes de siempre, manteniendo las mismas conversaciones. Pero una tarde como otra cualquiera, estando en su casa viendo una serie tiradas en la cama, me di cuenta de que, mientras me hablaba, no podía dejar de mirar sus labios y de que, sinceramente, no la estaba ni escuchando. Fue entonces cuando ella se calló de repente, me miró a los ojos y me besó.
Fue un beso corto, furtivo, cargado de miedo y dudas. Nos echamos a reír de tan nerviosas como estábamos. Era el momento perfecto para decirle lo que llevaba sintiendo por ella desde hacía meses, así que me abrí en canal. Le dije que aunque me encantaría que saliéramos juntas, temía que mi familia no lo comprendiera y que en el fondo de mi corazón, sabía que lo nuestro no era posible porque nadie en su sano juicio querría vivir un amor en la clandestinidad. Natalia admitió que no sería fácil, pero que ella estaba dispuesta a intentarlo y que si salía bien o no, sólo podíamos saberlo con el tiempo. Yo no me había sentido más feliz en toda mi vida.
Natalia y yo empezamos a salir en secreto. De cara a la galería seguíamos siendo vecinas y amigas como de costumbre, pero cuando mi familia no miraba, nos comíamos a besos y nos queríamos a rabiar. Lógicamente, llevábamos nuestra relación con discreción, intentábamos movernos por otros barrios para que nadie nos descubriera y
durante un tiempo, funcionó. Hasta que un día, nos confiamos y todo salió a la luz. Estábamos en el portal de su casa, despidiéndonos entre risas y cuando pensábamos que nadie miraba, nos dimos un piquito antes de decirnos adiós. No sabíamos que una vecina con mucha malicia y muy poca vida, lo vio todo y fue dedicándose a lo largo de la semana a contarlo por ahí.
Como era de esperar, la noticia llegó a oídos de mi familia y del sacerdote de la parroquia. Mi madre se tiró cuatro días enteros sin parar de llorar. Lo cierto es que yo esperaba que me gritase de todo e incluso que me abofeteara, pero nada de eso ocurrió. Después de rezar todo lo que sabía y quedarse sin lágrimas, mi madre me arrastró a la iglesia y me dijo que me vendría bien confesarme con el sacerdote al que ella tanto idolatraba. Sin embargo, cuando llegamos, aquel hombre no quiso permitirme la entrada. Me miró con desprecio y le dijo a mi madre que aquella ya no era mi casa, que había cometido un pecado imperdonable y que iba a ser excomulgada.
Y cuando pensaba que mi madre volvería a echarse a llorar y a culparme de todo lo que estaba mal en el mundo, me defendió. Le dijo al sacerdote que él no era nadie para juzgar, que él era sacerdote y sabía muy bien que sólo Dios era capaz de juzgar y que aquella era la casa de Dios, no la suya, y que por tanto no tenía poder de decidir quién entraba y quién no. Yo intenté calmar un poco la situación y me llevé a mi madre, a quien nunca había visto tan enfadada. A pesar de todo, me excomulgaron, cosa que no me importó lo más mínimo. Después de aquello, mi madre mantuvo su fe inquebrantable, pero lo hizo en otra iglesia y con algo menos de implicación.
Por desgracia, lo mío con Natalia no terminó bien. Aún así, aquella salida del armario involuntaria me sirvió para saber que mi familia siempre me apoyará en todo y que, al igual que yo con su fe, me respetarán aunque no lo comprendan.