Mi mejor amiga y yo nos quedamos embarazadas con pocas semanas de diferencia, así que durante meses compartimos muchas de esas conversaciones que tienen todas las embarazadas. Una de ellas era el nombre de las niñas.
Yo lo tenía decidido desde el principio. Mi hija se iba a llamar Irene. No era una idea provisional ni algo que estuviera valorando, desde que yo era una niña sabía que mi futura hija se llamaría así. Era Irene y punto. Mi familia lo sabía, mis amigas lo sabían, todo el mundo lo sabía y, por supuesto, ella también.
Cada vez que salía el tema, mi amiga insistía en que no encontraba ningún nombre que le convenciera. Se pasó todo el embarazo así, incluso nos leímos listas y listas de nombres de niña. Decía que estaba bloqueada y que seguramente decidiría más adelante. A mí me parecía raro porque llegaban las últimas semanas y seguía sin tener nada claro.
Su hija nació un mes antes que la mía.
Cuando anunció que ya había nacido me quedé en shock. “Bienvenida al mundo Irene”. Quise estampar el móvil contra la pared..
No es que no lo supiese. Conocía perfectamente el nombre de yo había elegido desde el inicio. Por eso me dio tanta rabia. Si será por nombres para elegir.
Intenté no darle demasiadas vueltas porque tampoco podía hacer nada. El nombre ya estaba puesto. Además, por mucho enfado que tuviera, no iba a pedir explicaciones ni montar un drama por eso, mi carácter no me lo permitía. Aun así, me molestó bastante. Sobre todo porque durante meses había escuchado que no sabía cómo llamarla. Esto había sido una perrada por su parte.
Yo seguía embarazada y seguía queriendo llamar Irene a la mía. Durante varios días pensé en mantenerlo. Era el nombre que me gustaba y el que llevaba imaginando toda mi vida.
El problema era que nuestras hijas prácticamente iban a criarse juntas. Nos veíamos mucho, teníamos amigos en común y era evidente que iban a coincidir constantemente.
Hasta por ubicación coincidirían en el colegio. Cuanto más pensaba en ello, menos sentido tenía continuar llamando Irene a mi hija.
Al final decidí cambiar de idea.
Mi hija se llama Irune.
La decisión no tuvo nada que ver con que dejara de gustarme Irene. De hecho, seguía gustándome exactamente igual. Lo que no me apetecía era estar toda la vida aclarando de cuál de las dos niñas hablábamos o que tuviesen que llamarlas por el apellido para diferenciarlas. En mi clase del instituto había 5 Laura’s y jamás nos referimos a ellas por Laura, siempre eran Sanchez, López…
Con el tiempo he acabado aceptándolo, pero sigo sin entender cómo alguien puede pasar nueve meses diciendo que no sabe qué nombre ponerle a su hija y terminar escogiendo precisamente el que otra persona, que además es su mejor amiga, llevaba anunciando desde el principio.
Aunque lo que más rabia me ha dado de todo esto, es la cantidad de ropa, objetos y regalos que ya nos habían regalado personalizados. Al menos no supuso un gasto hacerle regalos de nacimiento a su hija, porque todo lo que tenía a nombre de Irene se fue para ella.
A vosotras os parece normal?
