Este invierno he engordado bastante. No voy a dar números porque los números no importan pero sí ha sido suficiente como para que la ropa del verano pasado no me entre igual y como para que llevar meses sin pensar demasiado en ello se haya acabado de golpe cuando me llegó el mensaje de la barbacoa.
Piscina. La palabra que lo cambia todo.
Con la ropa normal me las apaño. Busco lo que me queda bien ahora mismo, me lo pongo y listo. Pero el bañador no perdona nada y yo llevo meses sin mirarme en un espejo de cuerpo entero y la idea de estar en una piscina con gente que no me ha visto desde el verano pasado me genera una cosa en el estómago que no sé muy bien cómo explicar.

No es solo el bañador. Es el momento de quitarme la ropa. Es caminar hasta el agua sabiendo que hay gente mirando aunque no esté mirando. Es no poder esconderme detrás de nada durante unas horas.
He pensado en decir que no puedo ir. He buscado excusas que sonaran creíbles. Pero son mis amigas y las quiero y en el fondo no quiero perderme el plan por esto. No quiero que mi cuerpo me quite otro verano de cosas que me apetecen.
Así que igual voy. Igual me pongo el bañador y me tiro al agua y resulta que no pasa nada. O igual no puedo y me paso el día con la camiseta puesta fingiendo que tengo frío en plena ola de calor.
No sé todavía. Pero si alguien ha pasado por algo parecido y tiene algo que decirme aquí estoy.