Reproducimos un testimonio que nos ha llegado a [email protected]
Nací en una ciudad grande, en la que hay ocio por todas partes, en la que puedes hacer amigos en cualquier lado y en la que el anonimato se convierte en tu modo de vida. Es cierto que en la ciudad hay mucho tráfico, a veces las distancias son muy largas y parece que no conoces ni a tus propios vecinos. Pero yo estoy acostumbrada a ello, a salir y ver siempre gente paseando, y a poder pasar desapercibida en cualquier lado.
Hace poco más de un año, a mi marido le ofrecieron un trabajo que no podía rechazar, pero para ello teníamos que irnos a vivir a un pueblo de mar. Yo estuve encantada con la idea, llevaba tiempo agobiada en la gran ciudad y me apetecía mucho un cambio de vida, probar la calidez de vivir en un sitio más pequeño, donde todo el mundo se conoce y donde cualquier persona está dispuesta a echar una mano al de al lado. Es cierto que alejarme de mi familia y de mi grupo de amigos me daba pena, pero por lo que concierne al trabajo enseguida encontré uno en el pueblo de al lado al que íbamos a mudarnos, y eso ya me animó mucho pensando que conocería también gente nueva. De repente, visualicé todas las ventajas que podríamos disfrutar con el cambio; podríamos vivir en una casita por el mismo precio que pagábamos por un pequeño piso en la ciudad, y vivir cerca del mar me parecía de ensueño.
Aunque es verdad que hace relativamente poco que nos hemos mudado, no llega al año, me he dado cuenta de que me gusta mucho más la gente de ciudad. A pesar de conocer ya a algunos vecinos, si no eres autóctono, te miran con recelo. Llevo ya casi un año acudiendo a clases dirigidas en el gimnasio, coincidiendo siempre con las mismas personas, y nunca jamás ninguna de ellas se ha acercado a saludarme y cuando yo he intentado hacer un acercamiento me han mirado con indiferencia. Veo en las cafeterías grupos de amigas, pero yo parezco invisible en todos sitios.
Mientras tanto, en mi trabajo, cuando bajamos a desayunar se pasan el rato criticándose unos a otros. Soy consciente de que cuando soy yo la que falto me ponen de vuelta y media. A veces me preguntan con descaro que por qué trabajo ahí, que por qué no vivo en mi ciudad, como si hubiese llegado para quitarles oportunidades laborales. He pensado incluso acudir a terapia porque lo que creía que iba a ser un cambio de vida bonito, tranquilo y positivo, se ha convertido en una sensación de arrepentimiento muy grande.
Cabe decir que disfruto más de la naturaleza, que económicamente nos va mejor, y que tenemos un mejor nivel de vida con un entorno maravilloso. No hay atascos para ir al trabajo, ni voy estresada a ningún lugar. Pero, por otro lado, mi vida social es nula. No tengo ni una amiga y lo peor de todo es que creo que no voy a hacer ninguna. Para mí la amistad es muy importante y la verdad es que echo mucho de menos a mi grupo de amigos. Además, me siento sola, mi marido trabaja muchas horas y en el trabajo no me siento integrada.
Tengo la sensación de que no me voy a adaptar a mi nuevo hogar, para mí las amigas son sagradas, los compañeros de trabajo no se critican sin motivo alguno y ser amable no cuesta nada. Después nos llenamos la boca diciendo que no entendemos cuando en el colegio un niño es dado de lado, porque sí, porque es nuevo, porque es diferente o porque es de otro país. No sé si con el tiempo llegaré a acostumbrarme, me da pena, porque me gusta la vida cerca de la playa y vivir rodeada de naturaleza, pero la paz que me da este maravilloso lugar me la entorpece su gente.
