Reproducimos un relato que nos llega a [email protected]
No era un profesor. Era EL PROFESOR. Cuando le conocimos el primer día de nuestro último año de instituto, no pudimos evitar soltar un «madre mía de mi vida» al unísino. Aquel chico de no más de veinticinco que estaba bueno como él sólo nos iba a dar clase de Economía y nosotras, alumnas de segundo de bachillerato, con las hormonas revolucionadas a nuestros dieciocho añitos, tuvimos que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltarle encima.
Al principio se mostraba un poco cohibido. Y es que, sinceramente, discretas lo que se dice discretas, no éramos. Con el paso del tiempo, a medida que fuimos acostumbrándonos por ambas partes, nuestra relación profesor alumnas fue normalizándose. Nos dimos cuenta de que su atractivo iba más allá del físico: era muy buen profesor, era simpático, cercano y nos lo pasábamos genial a la vez que aprendíamos un montón. A pesar de esa inevitable distancia, yo notaba que conmigo se ponía un poco nervioso y que cuando le preguntaba algo nunca me miraba a los ojos. Con todo, nunca quise montarme películas en la cabeza.
Nunca tuve el valor de tontear con él, aunque corría el rumor entre los chicos de clase de que me miraba el culo descaradamente cuando me levantaba de mi sitio. Nos pasamos todo el curso haciendo como que no había una atracción entre ambos, comportándonos civilizadamente, hasta que el curso llegó a su fin y no volví a ver a mi profesor hasta muchos años después. Lo cierto es que, una vez que el instituto terminó y empecé la universidad, no tardé mucho en olvidarme de él, pero la vida que da muchas vueltas, quiso que nos volviéramos a cruzar cinco años después.
Una tarde de cerveceo con mis amigas, nos volvimos a encontrar en medio de una plaza abarrotada de gente. Y al igual que cuando tenía dieciocho, pensé «madre mía de mi vida». Los años le habían sentado muy pero que muy bien. No sabía si se acordaba de mí o si quedaría como una idiota por levantarme e ir a saludarle, así que hice como si no le hubiera reconocido. Fue él quien tomó la iniciativa y se acercó un rato después. Como si fuéramos colegas en lugar de haber sido alumna y profesor, estuvimos charlando bastante tiempo, poniéndonos al día. Y tan cómodos estábamos que cuando nuestros respectivos colegas se fueron a casa, nosotros decidimos quedarnos un rato más.
No sé si por las cervezas o porque llevábamos mucho tiempo guardando las formas y ya no lo vimos necesario, pero mi ex profesor terminó por confesarme que aunque sabía que estaba fatal, cuando me daba clase en el insti le ponía como una moto. Según me dijo, desde que me tenía delante de nuevo, no pensaba en otra cosa que no fuera llevarme a su casa y echarme los polvos que no me había podido echar hacía años. ¡Cómo iba yo a rechazar semejante oferta! Por mi, por todas mis compañeras y por mi primera, a su casa que fui para quitarme esa espinita.
Mi gozo en un pozo. Aquella noche mi yo de dieciocho murió de decepción. Quizá la culpa fuera mía por haber idealizado tantísimo aquel momento en mi cabeza. No podía creerme lo mal que besaba, como si quisiera ahogarme. Ponía la lengua tan rígida y la movía tan rápido que por un momento pensé que quería provocarme el vómito. Aquellos no eran en absoluto los besos sexys que yo había imaginado. Aún así me quedé porque oye, igual luego la cosa remontaba y me daba el viaje de mi vida. Spoiler: no. A la hora de la verdad, mi deseado profe fue un rotundo chasco para mi.
Mi mejor amiga siempre me había dicho que si un chico besa mal, en la cama será mucho peor. Y yo no diría tanto, pero lo cierto es que no fue lo que se dice un revolcón épico. Su manera de moverse era monótona, no había pasión, ni morbo en aquello, parecía un martillo pilón. Llamadme rara, pero yo necesito un poquito de magia, de espectáculo, de movimiento. Unos buenos meneos de cadera por aquí, un ahora te cambio de postura por allá, un azotito, algo. Parecíamos un matrimonio al que se le había acabado la chispa, como si llevásemos acostándonos treinta años. No sé por qué pero no me dejaba ponerme encima, cada vez que quería subirme a horcajadas y marcar el ritmo a mi gusto y darle vidilla al asunto, me cogía en volandas y volvía al triste misionero de toda la vida.
Cuando terminamos, me vestí y le mentí y le dije que tenía que irme porque madrugaba al día siguiente. Ni de coña iba a quedarme a repetir. De camino a casa deseé no haberme acostado con él, puede que hubiera sido mejor haberme quedado con el recuerdo de aquel profesor cañón en mi memoria. Se me había caído un mito.
