No pago más de 300 € de alquiler, lo que, objetivamente, puede parecer poco. Nadie se imagina pagando esa cantidad tan baja en el centro de una ciudad grande, obviamente, ni siquiera en la periferia, pero si en un pueblo de mala muerte en el que no hay ni tienda de desavíos, ni oficina de Correos, ni bar. En los casi 8 años que llevo aquí, mi casera solo me ha subido la renta una vez, pero considero que pago lo justo por lo que ofrece la casa y el sitio en el que está.
En tiempos en los que se suceden las noticias sobre lo caros que están los alquileres, mi casera se ha emperrado en que pagamos poco. Encima, en el pueblo hay un par de casas de alquiler vacacional cuyos propietarios cobran pastizales por la estancia, así como alguna de alquiler de larga temporada cuyos inquilinos pagan más que nosotros (por casas nuevas, hay que aclarar, no una casa vieja como la mía).
Lo que escucha mi casera por aquí y por allá a ella le hace pensar que no está sacando tajada suficiente. Y, claro, ella no quiere hacer la tonta, hombre, ella quiere aprovecharse como hace todo el mundo.
Mi pareja y yo somos unos inquilinos ejemplares. Jamás nos hemos retrasado en un solo recibo de alquiler o suministros, qué menos, ni andamos pidiendo que nos arreglen esto a aquello, ni molestamos jamás a los vecinos. Estoy convencida de que la mayoría de arrendatarios son así, de hecho, y que esto de los “inquiokupas” y otros conceptos aberrantes son cosa de los especuladores.
Mi casera estaba contenta con nosotros, más aún si nos compara con otras malas experiencias que ha tenido, pero, aún así, quiere su parte del pastel. Así que la tía llegó el otro día y nos dijo que para febrero nos lo va a subir. Que hombre, que no le salen las cuentas, que el IBI, que los arreglos (arreglos inexistentes, porque aquí no nos ha quitado ni la humedad) y yo qué sé qué más…
Pero resulta que lo quiere subir más del 3% legal, y yo estoy pensando en plantarme. Una intenta ser buena vecina e inquilina, pero, si ella no quiere hacer la tonta y obtener lo que cree que le pertenece, yo tampoco.
Tú pide, que ya veré yo lo que hago
Afortunadamente, a lo largo y ancho del país la gente se está organizando. Sus condiciones de vida materiales no mejoran y, encima, se sienten (nos sentimos) avasallados continuamente en un derecho tan básico como la vivienda.
Esto es la guerra. Gente intentando sobrevivir contra especuladores grandes y pequeños, desde fondos buitres a rentistas vividores que se creen que pueden aprovecharse de los demás porque “pagué este piso con mi esfuerzo”, y quieren vivir de los ingresos pasivos sin producir. Vamos perdiendo y nadie está de nuestro lado, así que celebro el peso que van ganando los sindicatos de inquilinos. Es el momento de ponerse manos a la obra. En mi caso, lo que he hecho es:
Recopilar información. En 2024 se aprobó la Ley de la Vivienda y se limitó la subida anual del alquiler al 3% anual, con idea de proteger a los inquilinos frente a subidas excesivas en un contexto de alta inflación. Además, resulta que llevo más de cinco años viviendo aquí, luego el contrato se renueva automáticamente y yo no he negociado nuevas condiciones.
Actuar. No voy a dejar de pagar el alquiler, tranquilos. Los propietarios indignados que suelen asomar por aquí pueden sentarse y respirar hondo. Lo que voy a hacer es atenerme a mi derecho y sumar exclusivamente el 3% legal, sin dar un euro más.
A la cuenta, voy a pagar unos pocos euros al mes menos de lo que ella propone como subida. “Qué ridícula, por unos pocos euros”, pensaréis. No solo es eso. Es romper por segunda vez un compromiso verbal que adquirió con nosotros de que no lo subiría. Es exigir más y dar cada vez menos, hasta el punto de que nos hemos tenido que ocupar nosotros de las humedades del baño. Y es anticiparnos, porque, si paso por el aro ahora, ¿quién sabe qué pensará hacer el día de mañana una señora tan dispuesta a hacer caja?
Y sí, me podría ir. Pero también quedarme y ejercer mis derechos, ni más ni menos. La resistencia también es lucha.
