Texto enviado por seguidora a [email protected]
Marcos era mi mejor amigo desde que tengo uso de razón. Nuestras madres son amigas desde la adolescencia y nosotros prácticamente crecimos juntos. Compartimos muchas cosas, nuestros primeros años de vida, nuestras primeras experiencias escolares y nuestros primeros desamores. Marcos era como un hermano para mí.
Es cierto que en los últimos años, nos fuimos viendo menos. Cada uno tenía su vida, estudiamos en universidades diferentes y nos veíamos cuando se podía. Además, él cada vez estaba más encerrado en sí mismo y le apetecían menos los planes sociales, salir, o experimentar nuevas aventuras. Yo estaba en un momento vital totalmente contrario, de noches de fiesta, de cervezas con los colegas, de viajes a cualquier lado y de no parar por casa.
A pesar de que cada uno hacía su vida y nos habíamos convertido en personas con aficiones totalmente opuestas, seguíamos manteniendo el contacto e intentábamos vernos al menos una vez cada mes o una cada dos meses. Poco a poco, las quedadas se fueron espaciando porque él decía que solo tenía ganas de hacer planes caseros y cada vez que quedábamos lo hacíamos en su casa o en la cafetería de abajo. Yo me fui alejando un poco, sin querer, porque, aunque es cierto que no se le veía animado, pensé que simplemente estaba convirtiéndose en una persona introvertida que le gustaba pasar tiempo solo. Él tampoco insistía en vernos, siempre que quedábamos era porque yo le escribía.
Le comenté a mi madre mi preocupación por Marcos cuando dejó de contestar a mis mensajes. Ella habló con su madre, su amiga, y esta le comentó que hacía tiempo que no lo veía bien, que le habían dicho que debía tratarse, pero que había dejado de ir al psicólogo al poco de empezar la terapia porque decía que no le servía de nada. De repente, pensé que Marcos era egoísta, que todos nos estábamos preocupando por él y que muchas veces ni tan solo era capaz de contestar un mensaje. A partir de ahí, supongo que sin ser consciente de la gravedad del asunto, dejé de escribirle. Me acordaba mucho de él, pero pensaba que yo no le importaba y que no debía ir detrás de una persona que no quería saber nada de mí.
Después de estar unos meses sin saber de él, echándolo de menos, pero sin contactarle, me llamó mi madre llorando. La había llamado la madre de Marcos con la peor noticia que podían darme: Marcos había decidido acabar con su vida, y lo había hecho. El cómo lo hizo prefiero que se quede en la intimidad, pero no podía parar de pensar lo que debía estar sufriendo, el cómo se debía estar sintiendo para hacer algo tan atroz. Estuve unos días en shock, mi tristeza era tanta que tuve que cogerme la baja una semana. Sentía tanto dolor que no sabía cómo podría superarlo nunca.
Había perdido a mi mejor amigo, a mi compañero, a mi hermano, y de una manera cruel que escondía años de soledad y de incomprensión. Me sentí la peor amiga del mundo, ¿cómo no me di cuenta de todo lo que le estaba pasando? ¿Por qué había sido tan egocéntrica de pensar que lo importante era que me contestara a los mensajes y no la realidad de lo que estaba sufriendo? Sentí que le había fallado, pensé que él nunca me habría fallado así, y no podía superarlo.
Ha pasado ya un tiempo que Marcos no está con nosotros y aún no me lo creo. Pienso que cualquier día va a contestar mi último mensaje, que volveremos a vernos como entonces, que pasaremos ratos en su casa hablando un poco de todo y de nada, y que yo seguiré insistiéndole en que salga, que viva, le diré que la vida es corta, como siempre le decía y que debemos disfrutarla juntos. Pero eso ya no pasará, no volveremos a hablar, ni a comentar todo lo que nos pasa, no volveremos a vernos ni a acompañarnos en nuestros peores momentos. Siento tanto no haber estado ahí en su peor época y lo echo tanto de menos que sé que nunca dejaré de hacerlo. Creo que la culpa de no haber estado suficiente por él, me acompañará de por vida pero, al menos, yo tengo esa vida que él no puede tener y quiero saborear cada instante al máximo, por mí, por él, por los dos.
