La primera vez me pilló por sorpresa y dije que sí antes de procesar lo que me estaba pidiendo, que es algo que me pasa cuando alguien me pide algo con urgencia y yo no tengo el cerebro lo suficientemente rápido como para decir que no en el momento y luego me paso días arrepintiéndome en casa donde ya no sirve de nada arrepentirse.
Era una cosa simple, que si me encontraba con su madre en el gym que yo había estado con ella esa tarde y que habíamos ido al cine, nada del otro mundo en apariencia, y lo hice y la madre me preguntó y yo dije lo que había prometido decir pero me fui con una sensación rara que intenté ignorar porque total era una vez y tampoco había pasado nada grave.

Luego vino la segunda y la tercera y ya no son excusas para su madre sino para su hermana, para su cuñada, para el grupo de amigas comunes que no saben nada y que me preguntan a mí cosas sobre ella porque saben que somos íntimas y yo tengo que sostener una versión de su vida que no existe mientras sonrío y finjo que todo está bien.
Lo que me tiene hecha polvo no es cubrirla a ella sino lo que eso implica sobre mí y sobre lo que estoy dispuesta a hacer para no perder una amistad porque en el fondo sé que si le digo que no me va a apartar y no quiero perderla aunque cada vez que la cubro me sienta un poco peor conmigo misma y un poco más cómplice de algo que le está haciendo daño a una mujer que no conozco de nada pero que existe y tiene una vida que no sabe que se está deshaciendo mientras nosotras tomamos café y yo asiento y callo.
Le he intentado decir algo dos veces y las dos veces ha conseguido que la conversación acabe con yo consolándola a ella en vez de ella escuchándome a mí, que es un talento que tiene que ya me gustaría a mí tenerlo para otras cosas.
No sé cuántas veces más puedo hacer esto antes de que deje de reconocerme.