Sí, chicas. El título parece sacado de un manual de pronombres, pero es así. Hace mucho, mucho tiempo tuve un novio maravilloso. Tan maravilloso que, en vez de vivir en el presente, nos pasábamos el día haciendo planes de futuro: viajes, nuevos proyectos, boda, hijos… Y nos perdimos en esa vorágine de cosas por hacer que nunca llegamos a tocar.
Era una relación muy poco madura, y eso sólo lo sabes con el tiempo: cuando ves selfies ridículos dándote besos, cuando te ves vestida para agradarle, cuando dejas de hacer cosas esperando una llamada para un plan que nunca surge… Éramos muy jóvenes. Eso y mi tendencia al romanticismo (léase cursilería extrema) nos pasó factura. Bueno, y que él también tenía sus cosas, vaya.
Juntos fuimos a la primera boda acompañados y eso para nosotros fue un hito. Eran unos primos de mi novio, no eran amigos, pero sabíamos que nos lo íbamos a pasar bien. ¡Nuestra primera boda! Y, para mi tendencia de princesa Disney era mi puesta de largo oficial como novia de. En fin, las gilipolleces que se le meten a una en la cabeza.
La boda fue preciosa. Yo lloré como si la prima de mi novio, a la que había visto dos veces en mi vida, fuera mi hermana. ¡Ay, cómo lloré! ¡Parecía una plañidera! ¡Y cómo me lo pasé bailando con mi vestidazo, mis copas de más y los pies descalzos después del dolor de los tacones!
Al día siguiente, no parábamos de comentar lo bonito que fue todo: el acto, los votos, el vestido, la finca… Y ahí siguieron nuestros planes de futuro: ¿Y nosotros, dónde nos casaríamos? En mi defensa diré que no fui yo la que lanzó la pregunta. Y, como quien no quiere la cosa, nos pusimos a buscar fincas y pensamos que no era mala idea ir a ver un par. ¡Con 25 años, sin trabajo fijo y ninguna intención real de casarnos en el corto-medio plazo!
Pedimos un par de citas en las dos fincas que más nos gustaron y allá que fuimos. La primera era la finca por excelencia: toda la gente de la zona soñaba con casarse allí. Era preciosa, pero estaba demasiado trillada. Pero la segunda… La segunda era un diamante en bruto: era como una de esas playas escondidas en las que no hay nadie, el azul y el turquesa se convierten en el color más maravilloso del mundo y, además, tiene ese toque salvaje. Nos enamoramos de esa finquita rústica, sencilla, pero tan bonita que no tuvimos duda: nos casaríamos allí. Claro, lo complicado fue no dar una fecha exacta para cerrar el asunto… Pero no fuimos a probar el menú, sólo a verla.
Y, mientras estuvimos juntos, yo sólo soñaba con mi vestido, mi boda en esa finca y mi luna de miel en Costa Rica. Probablemente, si hubiéramos seguido juntos, habría sido así.
Pero rompimos porque teníamos poco en común, salvo unos sueños de futuro bastante superficiales. La ruptura no fue ningún drama: me ofrecieron unas prácticas en otra ciudad, las acepté y la distancia fue haciendo de las suyas.
Mi gran sorpresa fue, cuando años después, en una foto de Facebook, sí, señoras, porque una tiene una edad, vi que se casó. Y se casó en “nuestra finca”. Sé que es una gilipollez absoluta, pero me sentí como si algo en mi se hubiera roto. He intentado objetivar la situación y ser consciente de lo absurda e infantil que estoy siendo, pero no puedo evitar sentirme así.
¿Que por qué? Pues porque yo me caso en un par de meses en el notario, con un traje de chaqueta de Zara y con la familia y los cuatro amigos más cercanos. Y ahora me replanteo si eso es lo que quiero o mi sueño de princesa con kilómetros de tul en la finca más bonita del mundo es lo que deseo, pero no me atrevo a verbalizar por lo superficial de la situación. Así que me estoy planteando hablar con mi novio, pero me da miedo que se piense que soy una caprichosa que no ha sido capaz de hablarlo antes. Y os prometo que no me importaba, hasta que vi que mi ex se casó en aquella finca…
