No sé si alguna vez había leído algo así en el foro.
Mi abuela falleció hace varios meses meses. Llevaba más de veinte años viuda. Cuando murió mi abuelo de cáncer ella lo pasó muy mal. Se enteró de que él no era trigo limpio: vivía de estafar y se gastaba todo en el juego. Y mi abuela se vio sin casa, sin marido y con todas las deudas que él había dejado. Seis de los ocho hijos le dieron la espalda en ese momento para que no les salpicaran ni las deudas ni la fama de mi abuelo. Y mi abuela por todo el disgusto cayó en una depresión crónica, con ansiedad.
Solo mi madre y mi tío mayor no le dieron la espalda, pagaron entre ellos la deuda y se turnaron para cuidarla. La mitad del año la pasaba con nosotros y la otra mitad con ellos, hasta que, con casi setenta años y algo mejor de salud, volvió a vivir sola y rehizo su vida con un señor majísimo. Yo fui la única nieta que la visitaba todos los meses, que pasaba vacaciones con ella y la llamaba incluso de adulta. Cuando la operaron del corazón, estuve allí todos los días; solo dos de mis tíos vinieron un par de horas. (Sin contar a mis padres y mi tío, que estuvieron allí dos días)
Tras morir su pareja, mi madre y mi tío le buscaron una casa cerca de ellos para que no estuviera sola. Nadie más se ocupaba de ella, aunque para pedir dinero y regalos sí aparecían primos y tíos. Con el tiempo, mi abuela empeoró muchísimo de salud, y la ingresaron en una residencia. A los dos meses de estar ahí, falleció.
En el entierro se presentaron todos los hijos y primos, algunos sin saber siquiera dónde había vivido los últimos meses o años. Todos los hijos acordaron respetar su testamento, fuera el que fuera. Y ese mismo día, antes de incinerarla, le quitaron las joyas: la pulsera que le regaló mi abuelo y su anillo de casada. Mi tío las ofreció entre los hermanos, pero como a nadie le interesaban, él se quedó el anillo y le dio la pulsera a mi madre.
Unas semanas después se leyó el testamento y se lio. Nadie esperaba que mi abuela dejara todo su dinero a mi madre. Ni siquiera a mi tío mayor, que aun así respetó su voluntad tranquilamente y abrazó a mi madre diciéndole que se lo merecía por todo lo que se había preocupado por ella. Pero el resto exigió que se repartiera la herencia. A lo que mi madre y mi tío se negaron, porque habían acordado que se iba a respetar la herencia, fuera la que fuera. Ahí empezó la guerra.
La gota que colmó el vaso fueron las joyas, como si mi abuela fuera la reina de Inglaterra.
Una tía política registró su piso buscando las cosas de valor de mi abuela, oro, diamantes y abrigos de bisón (cómo oís) con la excusa, según ella, de repartirse lo poco que mi madre les había dejado, porque según mi tía, se lo merecían. Ella y otras de la familia, estaban empeñadas en que mi abuela tenía miles de euros en objetos de valor. Cuando no encontró nada (porque no había nada que encontrar), acusó a mi madre de quedárselo todo. Mi madre les explicó que no había abrigos caros, ni joyas, ni nada así. Solo un abrigo viejo de polipiel que ya se había tirado hace muchos años, y las joyas que habían quedado, que eran bisutería vieja y barata, la mayoría de plástico del mercadillo. Mi madre les recordó que las joyas auténticas se habían repartido en el entierro y nadie las había querido. Pero no la creyeron y siguieron preguntando por los pendientes de diamantes y los collares de perlas que por lo visto pensaban que tenía. Se les insistió que no tenía nada de eso, y que se había tirado todo porque no tenía nada de valor, ni siquiera sentimental. Entonces alguien mencionó en el grupo de Whatts, el famoso collar de oro de mi abuela que siempre llevaba puesto, era un corazón, una cruz y un relicario con la foto de mi bisabuela. Como si el collar fuese como el diamante de Rose en Titanic. A lo que les dije que ese collar era mío, que me lo había regalado ella años antes, porque dijo que solo yo lo apreciaría.
La familia me exigió devolverlo entre insultos y de todo, alegando que no tenía más derecho que los demás nietos (somos 22) a disponer de las joyas. Así que cogí y lo tasé en tres joyerías: no llegaba a 300 euros. Y con eso les mandé las tasaciones y un mensaje diciendo: “¿Cómo queréis hacerlo? ¿Lo parto con unas cizallas y reparto por trozos? ¿Nos turnamos con él, los lunes unos, los martes otros…? ¿O vendo el recuerdo de la abuela en un Compro Oro y lo reparto? Creo que con suerte a lo mejor hasta llega a 20 euros por primo. Está claro que preferís 20 cochinos euros a preservar la memoria de ella y respetar su voluntad” Como nadie respondió, añadí: “Eso contando con que yo quisiera compartir algo que ella me regaló, y que no pienso hacer”.
Me echaron del grupo familiar a mí, a mi marido, a mis padres y a mi tío el mayor. Nos insultaron por teléfono, nos acosaron durante semanas y ridiculizaron en redes sociales. Llamándonos ladrones y rastreros. Hasta intentaron interponer una denuncia en la policía que no llegó a nada, porque no tenían pruebas de nada.
Que se enfadaran por el dinero de la herencia, a lo mejor lo puedo entender, porque a lo mejor se sintieron ofendidos al no recibir nada de su madre, aunque pienso que obtuvieron lo que sembraron. Pero montar todo esto por las joyas de la abuela como si fuera el tesoro de Alibaba, me parece absurdo. Los gritos de una de mis tía diciendo: Danos los diamantes, ladrona. Es algo que recordaré siempre.
