Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Cuando tienes un hijo, todo es normal y todo es anormal. Es una mezcla extraña, pero conviven en un simbiosis perfecta. Así que, cuando me quedé embarazada, me parecía raro todo, pero me decían que iba bien. Pasé las mismas angustias que todas las primerizas: analíticas, pruebas, ecografías… Y a todas llegaba con miedo y de todas salía respirando (hasta que llegaba la siguiente).
Mi hijo nació sano, por cesárea, pero sano. Cuando iba a empezar el trabajo de parto se dieron cuenta de que era inviable que saliera bien y me hicieron una cesárea de urgencia. Pero nació, lloró, se agarró al pecho y cambió nuestras vidas.
Fue un bebé risueño, comilón, dormilón… Un bebe trampa, vaya. Al año empezó a andar, pero no decía absolutamente nada. En una de las visitas al pediatra, me dijo que cada niño tenía sus ritmos, que no me preocupara.
Pasado año y medio seguía sin decir “esta boca es mía”. Lo llevé a un logopeda privado y me dijo lo mismo después de examinar al niño y hacerle unas pruebas.
En casa, no parábamos de estimularlo: canciones, gesticulación, articulación de los sonidos marcada, interjecciones para todo…
Volví al pediatra cuando mi hijo tenía dos años. Ya sí que le parecía más raro… ¡Pero si es que no emitía ninguna sílaba! ¡Ya pasaba algo! Nos derivaron al otorrino y al neurólogo.
Tras un mes de pruebas por aquí y pruebas por allá, nos dijeron que tenía una afasia. Un trastorno cerebral que afecta al lenguaje. ¿Pero no decían que era normal?
Se nos cayó el mundo a los pies. Nuestro hijo nunca iba a poder hablar bien, le costaba entender, pero con una terapia del habla y del lenguaje podría tener una vida relativamente normal.
Empezamos la terapia con ciertas reticencias. Logopeda, psicólogo, terapeuta ocupacional… Nuestras tardes eran por y para nuestro hijo. Poco a poco empezamos a ver que gesticulaba con la boca y, al cabo de seis meses, dijo “ma”. Era lo más parecido a mamá que había escuchado en sus dos años y medio. ¡Y me supo a gloria!
Poco a poco, con mucho trabajo, nuestro hijo es capaz de emitir oraciones simples. A veces sin verbo o con palabras mal pronunciadas, pero hay un cambio.
Lo vivimos con positividad, pero sin perder de vista el hecho de que este proceso es una maratón y tenemos que estar y ser fuertes.
Sí, a veces nos preguntamos si algo está bien, pero lo que sabemos es cuando algo está mal y, en nuestro caso, no había normalidad. O si, pero una muy distinta a la que los médicos suponían.
