Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
He llegado al final de mis fuerzas. Siento que me voy a poner enferma porque estoy en una depresión y ni soy capaz de pedir ayuda profesional. En parte por falta de tiempo y dinero y en parte porque estoy desbordada. Me paso las tardes llorando sin parar. Mi familia está en otro país y no busco compasión, solo necesito que me ayudéis a gestionar algo tan delicado y complicado.
Tengo un niño de 12 años. Sufrió bullying en primaria. Vivimos en un pueblo pequeño y tenemos una tienda. Somos autónomos y muchas veces tenemos que callarnos cosas para no perder clientes. Nada de quejas en el cole ni discusiones con padres de acosadores porque todo repercute en el negocio. Los autónomos me entenderán. Esto es un resumen porque hay mil detalles más.
Mi hijo es tímido, introvertido, muy bueno y aun así lo marginaron. En sus cumple las madres no dejaban que sus hijos fueran. A él nadie lo invitaba. Desde los 6 años lo llamaban “forastero” solo por ser hijo de una madre de fuera. Su padre es del pueblo pero eso no importó. Aguantamos en silencio hasta que pasó al instituto. Allí, como nadie lo conocía, hizo nuevos amigos. Menos mal.
Yo siempre he pensado que en el bullying la culpa la tienen los padres, no los niños. Ellos solo repiten lo que ven. A mi hijo le enseñé a no responder y pasar. Pero el daño estaba hecho. No sale por el pueblo. Tiene pánico a la pandilla de los de su edad. Si los ve en la parada del bus se va corriendo. Luchamos cada día para que salga un poco.
En el insti al menos tiene tres amigos de otros pueblos. Quedan, hacen trabajos, lo recogen algún viernes. Él a las siete ya está en casa duchado y listo para dormir. Le encanta el mundo virtual y sé que no es lo mejor pero ahora mismo es su hobby y es lo que hay. No tiene móvil para evitar dramas de WhatsApp.
Hace unos meses vino un guardia civil a nuestra tienda. De muy malas formas nos pidió que nos identificáramos delante de mi hijo. Lo trató como si fuera un delincuente. Saltándose protocolos, hablando fatal y diciéndole a mi marido que está harto de padres que defienden a sus hijos cuando “al final siempre son culpables”. Mi marido no levanta cabeza desde entonces.
Resulta que una vecina puso una denuncia diciendo que mi hijo destrozó su puerta y que es el líder de una pandilla que va en patinete molestando por las noches. Mi hijo no ha tenido un patinete en su vida. El guardia le dijo que habría juicio. Mi hijo empezó a llorar, diciéndole que él no sale de noche ni molesta a nadie pero que igual sabía quiénes eran los que tocan timbres. El guardia le contestó “ah, ya van saliendo verdades”. Mi hijo temblaba. Me lo llevé al centro de salud.
Allí nos hicieron un parte médico: cuadro de depresión y llanto. Derivación urgente al pediatra. Las notas del insti se hundieron. No puede concentrarse, leer, nada. Tiene miedo de que se lo lleve la policía sin haber hecho nada.
La pediatra lo mandó a psicología. La psicóloga, desbordada, lo mandó a servicios sociales. En servicios sociales volvieron a remover la herida para nada. Dijeron que no era asunto suyo y lo devolvieron a psicología, donde ni le escucharon cinco minutos.
Mientras buscamos abogado para denunciar a esa vecina. En el ayuntamiento nos dicen que es una pareja conflictiva, amargada, sin hijos, que se queja de todo y no se habla con nadie. Sentimos alivio al ver que no son vecinos del pueblo de siempre.
Vamos al cuartel del pueblo de al lado. El teniente nos dice que se investigará mejor. Cuando vamos a poner la denuncia con el abogado… sorpresa: la denuncia está archivada por falta de fundamento. ¿Perdón? ¿Y el daño que nos han hecho? Nos dicen que no podemos hacer nada. Lloré una hora entera allí mismo.
¿Y ahora qué le digo yo a mi hijo? ¿Que se equivocaron de niño? ¿Que un guardia civil también mete la pata? ¿Cómo se explica esto a un niño que ya venía roto por el bullying y que ahora tiene miedo de salir de casa?
Hicimos un último intento hablando con la juez de paz. La vecina vino con su pareja. Me cortaba todo el rato. Según ella es la víctima, que la pandilla de “mi hijo” la acosa hace tres años y que hasta su perro tuvo un infarto por los sustos. Yo le pregunté por qué no vino a hablar con nosotros si pensaba que era mi hijo. Me contestó que “mira cómo ya no molestan desde que lo denunció”. No pidió perdón ni escuchó nada. La sesión se cerró así.
Nadie nos ha pedido disculpas. Ni la vecina ni la Guardia Civil. Mi hijo ya no quiere ser policía como quería antes. Ahora les tiene miedo. Y eso que tenemos familia policía.
Solo quiero que mi hijo olvide esto. Pero ahora lo llaman de salud mental, y es la misma psicóloga que no tuvo tiempo para él la primera vez. Él no quiere volver. Me saca fuera del despacho para hablar con él a solas y no sé si eso es normal. No sé qué hacer.
Gracias de corazón por leerme. Necesito opiniones porque me siento completamente perdida.
corregido por wls para mejorar su lectura**
