Decidí ser madre soltera cuando mi novio desde hacía 8 años me dejó embarazada y dijo que él no iba a ser padre. Lo mío fue una decisión meditada: ya casi con 40 años y un trabajo estable. Que mi novio desapareciera da para otro post, pero no es lo que importa. Tener a mi hija fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.
Pero claro, ser madre soltera no es fácil y antes de lanzarme a la aventura se lo conté a mi madre, viuda desde hacía ya más de 15 años. Ella me dijo que no me preocupara, que íbamos a ser un tándem y que ella me iba a echar una mano en todo.
Teniendo en cuenta que vivimos en el mismo barrio, a 5 minutos una de la otra, estaba claro que íbamos a preservar nuestra intimidad, pero estábamos a tiro de piedra para cualquier cosa.
Mi madre es una señora de 65 años que se conserva muy bien, tiene mucha vitalidad y está perfectamente a nivel físico y metal. Además, ha descubierto que, después de 15 años sin mi padre, tiene derecho a rehacer su vida y que existe Tinder, una aplicación que se lo facilita.
Así que intercalaba su labor de acompañante a obstetras, matronas, tiendas de ropa infantil y curso de preparación al parto con citas. Y, todo hay que decirlo, era súper divertido cuando me contaba los especímenes que se encontraba: nos reíamos un montón.
El caso es que mi madre iba a ser la que me acompañara en el parto. No tenía muchas opciones y, además, quería que fuera ella.
Salía de cuentas a finales de marzo, pero la noche del 17 de ese mes empecé con unos dolores mortales. No sabía si eran contracciones, pero, al levantarme una de las veces, rompí aguas. Estaba de parto. Así que me puse a llamar a mi madre como una loca. No contestó ninguna de las 999 veces que llamaba entre gritos, contracciones y angustia. Después de una hora así, cogí la maleta del hospital y llamé a un taxi.
En el hospital me exploraron y me dijeron que estaba ya de 8 centímetros y que en nada parecía que iba a empezar el expulsivo. Les pedí dos cosas: la epidural y que llamaran a mi madre para que viniera. Ni una ni la otra.
El dolor que sentía era inexplicable. No paraba de gritar que me pusieran la epidural y que viniera mi madre. Entre medias, me desmayaba. Mi hija nació de dos empujones, a lo bestia, entre gritos de dolor y de reproche.
Me la pusieron encima y todo valió la pena. No quería darle el pecho, así que hicimos piel con piel y le di su primer biberón. La matrona nos hizo una foto que envié a mi madre a la una de la mañana. Ninguna respuesta.
A la mañana siguiente llamé a mi madre cien veces y siguió sin cogerlo. Se plantó en el hospital a las tres de la tarde. Quería matarla. Llevaba sola todo el parto y las primeras horas de mi hija mientras ella había estado desconectada con un hombre de Tinder.
Es muy egoísta por mi parte pensar que iba a estar pendiente de mí las 24 horas, pero, sabiendo que estaba a punto de parir, por lo menos podía haber dejado el volumen del móvil por si pasaba cualquier cosa. Supongo que es por las hormonas, que todavía revolotean por mi cuerpo, pero me hubiera gustado que mi madre me hubiese tenido más en cuenta…
