Cuando nació mi hija una de las personas que más ilusión me hacía que viniera a conocerla era mi mejor amiga.
Llevamos siendo amigas desde hace más de quince años. Hemos vivido juntas, hemos llorado juntas y siempre pensé que estaría presente en los momentos importantes de mi vida.
Quedamos una tarde en casa. Preparé café, algo de merendar y estaba deseando presentarle a la pequeña.
Pero la tarde fue muy distinta a como la había imaginado.
Se pasó prácticamente toda la visita mirando el móvil. Contestando WhatsApps, viendo Instagram, enseñándome vídeos de TikTok… Cada dos por tres sonaba una notificación y volvía a agachar la cabeza.
Cogió a la niña un par de minutos, le dijo lo guapa que era y poco más.
Hubo momentos en los que yo estaba hablándole y me respondía con un «sí, sí» sin levantar la vista de la pantalla.
Cuando se fue me quedé con una sensación rarísima. No porque necesitara que estuviera pendiente del bebé todo el tiempo, sino porque sentí que realmente no tenía ganas de estar allí.
Mi marido incluso me dijo después: «¿Te has dado cuenta de que ha estado más tiempo mirando el móvil que hablando contigo?».
No le dije nada porque me parecía absurdo tener que pedirle a una amiga que guardara el teléfono una tarde, pero reconozco que me dolió bastante.
Desde entonces la veo de otra manera. No sé si simplemente exagero porque era un momento importante para mí o si realmente fue una falta de interés.
¿Os habría molestado o soy yo la que le está dando demasiadas vueltas?
