Nunca sospeché que Alejandro fuera un chico celoso en absoluto. Desde el principio preferí ser clara con él y no repetir el mismo patrón de errores que cometí con mi ex, con quien los control y los celos eran la tónica habitual de nuestra relación. Le advertí de que saldría con mis amigas cuando se diera la oportunidad, que necesitaba mi espacio y que tenía amigos de toda la vida que eran hombres. Y sobre todo, que bajo ningún concepto aquello iba a cambiar. Él pareció entenderlo y respetarlo, al menos en apariencia.
Nunca dijo una palabra ni dio muestras de que el hecho de que yo saliera o hablase con mis amigos supusiera un problema para él, sino todo lo contrario. No es que yo saliera día sí y día también, pero para mí era importante saber que podía tener esa parcelita de libertad en la que no hacía daño a nadie, sin sentir culpa. Algunas veces salíamos todos juntos, otras era él quien salía sólo con sus colegas o yo con los míos y todo estaba bien. Por fin había encontrado a un chico seguro de sí mismo, que confiaba en mí y con quien podía tener mi vida al margen de la nuestra.
Si bien es cierto que él lo había pasado muy mal con su ex después de que ésta le pusiera los cuernos, jamás se mostró posesivo conmigo ni nada por el estilo. Sin embargo, con el paso del tiempo, me contó que había unos cuantos tíos en su grupo de amigos de los cuales decía no fiarse demasiado. Por lo visto, aquellos tíos siempre se habían entrometido en sus anteriores relaciones o rolletes e incluso llegó a enterarse por ellas de que en algunas ocasiones, habían intentado levantárselas o les había hablado muy mal de él, inventando mil historias. Reconoció que le daba mucha rabia cuando se acercaban a mí en plan colegas, porque temía que conmigo hicieran lo mismo.
Pero ninguno de ellos me habló nunca mal de Alejandro, ni tampoco me tiraron los trastos ni se comportaron de una forma inadecuada conmigo. En redes sociales, nuestras interacciones se limitaban a unos cuantos likes y a un par de mensajes privados comentando alguna foto o felicitándonos en fechas especiales. Lo normal entre colegas no demasiado cercanos, vaya. A mí me importaba mucho saber que a sus amigos les caía bien, que me tomaban por una más del grupo, así que me hacía ilusión que me escribieran algún comentario inocente o que dieran like a cualquier historia chorra que subía. Pero a Alejandro no le hacía demasiada gracia y, aunque no decía nada, yo me daba cuenta.
Un día, uno de sus amigos me escribió por redes y me dijo que estaban por la ciudad, que habían venido a ver un concierto y que estarían por la zona tomando algo, por si nos apuntábamos. Yo, toda ilusionada, ya que hacía mucho que no les veíamos, se lo comenté a Alejandro creyendo que se apuntaría al plan sin dudarlo. Sin embargo, para mi sorpresa se enfadó. Me dijo que no entendía por qué tenían que escribirme a mí y no a él. Le dije que igual el hecho de que él no tuviese redes sociales, era un motivo, pero él se empeñó en que las intenciones de su amigo no eran del todo buenas. Flipando y enfadada, se me pasaron las ganas de salir y finalmente rechazamos el plan.
Después de aquel día, noté que sus amigos estaban un poco tirantes conmigo. Y una, que es un poco peliculera, pensó que igual creían que había sido yo la que había puesto pegas para que ellos quedasen, como la típica novia corta rollos. Alejandro me dijo que eran cosas mías, que todo estaba bien. Sin embargo, yo no me quedé conforme y decidí escribir a su colega para explicarle que yo no había tenido nada que ver. Entonces, él me dijo que no quería problemas, que yo le caía súper bien pero que mi novio no estaba demasiado contento con que fuésemos amigos. Tirándole un poco más de la lengua, me enteré de que Alejandro les había montado el pollo, avisándoles de que yo estaba vetada para ellos.
No es que yo les cayera mal de repente, como yo había llegado a creer, sino que mi chico les había dicho hecho una furia que no quería que me mandasen mensajes ni que me mirasen cuando él no estaba, que estaba harto del rollo que nos traíamos de colegueo.
Fue tal la agresividad con la que lo dijo que ninguno de ellos se atrevió a llevarle la contraria y así lo hicieron. Eso explicaba por qué llevaba semanas sin hablar con ellos y por qué me hacían el vacío y no me contestaban a los mensajes. En cuanto me enteré de aquello, corrí a casa de Alejandro a cantarle las cuarenta.
¿Se arrepintió de su conducta y se disculpó? Pues no, claro que no. Me dijo que yo no conocía a aquellos tíos, que eran capaces de romper lo nuestro por diversión, que ya lo habían hecho antes. Fue ahí cuando me percaté de que no sólo no se avergonzaba de lo que había hecho, sino que además lo justificaba como algo necesario para «salvar lo nuestro». Si tan mala gente eran y tanto daño le habían hecho en el pasado, ¿por qué no cortaba lazos con ellos? ¿No sería más lógico mandarles a la mierda y cambiar de amigos que andar amenazándoles? No pude ignorar aquella bandera roja como una catedral que ondeaba en todas mis narices y, aunque estaba enamorada como una cría de él, sentí que lo más coherente era romper. Si algo había aprendido de mi anterior relación es que las personas celosas, no cambian.
