Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Me ha costado mucho escribir esto. Aunque tengo mil cosas por contar, a la hora de ponerlas sobre el papel me quedo literalmente sin palabras. Sé que esta historia es como muchas otras que he leído por aquí, pero es la mía y, por tanto, es importante.
Desde pequeña se han metido conmigo por mi físico, empezando por el color de mi piel, que es un tono más oscuro que el de la mayoría. La primera vez que fui consciente de ello tenía 7 años. Yo solo quería la amistad de una chica guapísima, con un pelazo y unos ojos fascinantes, pero nada más acercarme a ella me soltó que no jugaba conmigo «porque tenía la piel sucia». Al principio no lo entendí. Esa misma niña empezó a hablar mal de mí, diciendo a todo el mundo que seguramente tenía piojos y que nadie se me acercara. Mirándolo con perspectiva, aquello me vino «bien» para centrarme en mis estudios y ser la primera de la clase, pero a día de hoy sigo sin olvidar el sufrimiento que aquella niña provocó en mí.
Los años pasaron y, con el desarrollo, mis pechos crecieron mucho. Con 11 años ya tenía una talla muy generosa. Ahí empezó la segunda parte de mi calvario: un chico no paraba de llamarme vaquita, pechona, lechera y todos los adjetivos habidos y por haber. ¿El resultado? Empecé a esconder mis pechos vendándome y usando ropa muy holgada.
Ya de adulta me mudé a España. Aquí conocí a una compatriota con la que entablé una especie de «amistad de autobús». Por aquel entonces yo estaba delgada y con la autoestima alta, hasta que ella empezó a criticar mi pelo, mis manchas, mi ropa y, cómo no, otra vez el color de mi piel. Aguanté esa dinámica tóxica durante 10 años, hasta que nuestros caminos se separaron.
Tiempo después, a raíz de una enfermedad autoinmune, empecé a engordar. Pasé de dieta en dieta sin resultado. No me gustaba mi cuerpo y me sentía fatal con esos kilos de más. ¿Y adivinad con quién me encontré en el aeropuerto hace poco? Con mi «amiga» del bus. Lo primero que me dijo al verme fue: «Si sigues engordando no te va a caber el culo en el baño del avión».
Llegué a casa destrozada y se lo conté a mi pareja. Él me dijo que no hiciera caso, que era envidia. Pero lo peor estaba por llegar. Poco después, y sin venir a cuento, mi propia pareja me soltó: «Un mes en Auschwitz y ya verás cómo pierdes todos los kilos que te sobran».
Me quedé helada. Le he dejado de hablar y ahora mismo no sé si me conviene estar con un hombre así. Él dice que son bromas o cosas sin importancia, pero siento que es una persona sin filtro que no se da cuenta del daño terrible que hace con sus comentarios. Estoy muy dolida y confundida. Gracias por leerme.
