Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
El otro día me llamó una de mis mejores amigas, llorando, diciéndome que necesitaba quedar porque tenía una crisis.
No me asusté especialmente, porque en ella son habituales las crisis, a una media de crisis existencial por mes, aproximadamente, pero como soy buena amiga, quedé con ella a tomar café para que se desahogase.
Y nada más sentarse, con lágrimas en los ojos (un poco forzadas, no nos vamos a engañar), me soltó la frase en cuestión: “Mi pareja no traga con mi boda soñada”.
Pequeño antecedente. Ella siempre ha querido casarse. Desde pequeña que sueña con una boda de cuento de hadas. Pero su chico es más de vivir juntos y ya vamos viendo. Después de mucho insistir, al final el pobre chico, obligado por las circunstancias y para hacer feliz a su chica, hincó rodilla.
Y allá que se lanzó ella a organizar su boda soñada, sin encomendarse ni a Dios ni al Rey. Porque según ella, él sólo tiene que aparecer y pagar. No hace falta que se moleste en nada más. Pero claro, los problemas han empezado a llegar al paraíso, cuando él ha comenzado a darse cuenta de la que está organizando mi amiga.
Por lo visto, habían acordado que sería una boda íntima. Pero la intimidad tiene diferentes grados para ella que para él. Su lista provisional es de unos doscientos invitados… Y parece ser que no la ha consensuado con su pareja.
También habían acordado que sería una boda sencilla… pero, por ejemplo, ella tiene previsto ya tener tres cambios de vestido. Ceremonia, cóctel y baile. Cuando le he dicho que me parecía un poco caprichoso querer tener tres vestidos de boda, con lo caros que son y para usarlos sólo un rato, se ha indignado y me ha asegurado que “no es ningún capricho, es MI día”.
Se ha venido tan arriba con la planificación de su boda soñada que tiene casi el menú cerrado, sin pedir opinión, y acaban de descubrir que no están de acuerdo en el sitio donde celebrar el convite.
Él la acabó acusando de estar montando una boda carísima que solo quiere una persona, ella. Se intentó justificar diciendo que “total, se paga una vez en la vida… Y a mí me hace ilusión”. Pero él, harto de la situación, se largó de casa, diciéndole que no todo valía en nombre de la ilusión. Y ahora hace dos días que casi no se hablan.
Y allí me teníais a mí, intentando hacer entrar en razón a mi amiga, aunque creo que no conseguí mucho. (Porque, si me prometéis que no os chiváis, os confesaré que yo estoy del lado del chico en este asunto, pero que no se entere mi amiga, por favor.)
Le dije que me daba la impresión que, más que estar montando una boda, parecía una producción de eventos. Le hablé de que una boda no debería ser un proyecto individual, porque es algo que se celebra en pareja, no en solitario. Y si tu pareja no disfruta del proceso, quizá no estés organizando una boda, sino imponiendo un espectáculo. Y que, probablemente, si tu pareja no pinta nada, el problema no sea la boda.
Ya sé que todo el mundo tiene derecho a vivir su boda perfecta. Pero soy de la opinión de que la boda perfecta no es la de revista, sino aquella en la que los dos están de acuerdo.
En fin, ya os contaré qué tipo de boda resulta ser al final. O si es que hay boda…