Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
El plan de verano perfecto es playa y chiringuito. No pido mucho más. Y menos desde que tengo niños.
Pero primero una hipoteca agobiante, después los problemas con el trabajo. Despidieron a mi marido y tuvimos que vivir de mi sueldo. Cuando por fin encontró un trabajo de unas horas nocturnas, me despidieron a mí.
Así que siempre echando cuentas, dudando sobre las actividades extraescolares, la ropa y la comida. Claro que siempre intentando que nada les falte a los niños.
El verano es el peor momento. Menos mal que tenemos piscina en la urbanización y los niños la disfrutan mucho.
Por suerte, mi suegra tiene un pequeño piso en Peñíscola. Y desde el primer momento nos dijo que lo consideráramos nuestro, que podíamos ir cuando quisiéramos. Sinceramente, nos ha venido superbién y le estoy muy agradecida.
Los años han ido pasando y mi paciencia se ha ido reduciendo. La que era una abuela pendiente de todo de manera dulce, ahora me parece una entrometida molesta. Nuestros horarios, las comidas, los planes, todo le parece mal y todo lo cuestiona.
Así que las vacaciones allí me hacen menos gracia cada vez. Pero claro, no nos podemos permitir otras. Así que le pregunté si podríamos ir sin ella alguna vez y me respondió que claro, que ya me había dicho que la considerara nuestra casa.
El problema es que cada vez que decimos que vamos, se une. Aunque no tuviera intención de ir, tenga planes o lo que sea. La excusa es que así ve a sus nietos. Vivimos todos en Madrid y puede pasar meses sin venir a vernos. La invitamos y siempre pone excusas (baratas y nunca propone venir ella). Pero claro, si estamos en la playa tiene la necesidad loca de ver a sus nietos.
Y me sienta fatal. La última vez aprovechamos que tenía médico para ir y le avisamos el día anterior. Pues llamó al médico para cancelarlo y en dos días la teníamos con nosotros.
Se lo he intentado decir educadamente, que igual unas vacaciones solo nosotros nos vendrían bien y siempre me responde que lo entiende. Pero llega la siguiente ocasión y vuelve a hacer lo mismo.
La verdad es que ya no sé qué hacer. Este verano no me apetece nada ir. Los niños ya empiezan a entrar en la adolescencia y es complicado tratarlos. Con ella delante cuestionando todo se vuelven imposibles. No solo es pelearme para que coman o me hagan caso, es que cada vez ella se mete para ofrecerles otra comida o darles otra alternativa porque soy muy dura o se mete conmigo porque soy muy blanda y por cómo dejo que la niña se ponga esos pantalones tan cortos.
Llevo todo el año intentando ahorrar para poder ir a algún lado y justo en junio se nos estropeó el coche. Fuimos al taller y para empezar tardan en arreglarlo varias semanas y cuando nos dieron el presupuesto casi se me hunde el mundo encima: un dineral. Les dije adiós a los ahorros en ese instante.
Por lo que o vamos a su casa o no vamos a ningún lado. Me dan pena los niños pero me da tanta pereza que no sé qué hacer.
