Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi familia ha vivido en un pueblo toda la vida.
El pueblo es el típico en el que todo el mundo se conoce, tu eres de la “casa del panadero” y conocen a todos tus familiares.
Mi familia lleva allí mínimo 10 generaciones y se siente una parte importante de la comunidad, en general nos llevamos bien con todo el mundo y nunca hemos tenido problemas, pero a mi vecino hace tiempo que se le está empezando a ir la olla.
Resulta que cuando era pequeña, tanto que yo ni lo recuerdo, un día que estaba jugando por el campo, me caí en una poza. No me hice daño, pero se ve que no podía salir y empecé a gritar, con la suerte de que me oyó mi vecino, saltó a la poza y me sacó.
Me llevaron al médico y todo resultó estar bien. Se enteró todo el pueblo y pasó a ser héroe nacional. Le dejaron dar un discurso en la plaza, le entrevistaron los medios locales y le dieron un reconocimiento por parte del ayuntamiento.
Él estaba más que feliz con toda esa atención y mi familia se sentía muy agradecida, imaginaros el susto.
Bien, hasta aquí todo correcto. Pero de eso hace ya más de 20 años y mi vecino sigue pensando que le debemos algo.
Yo ya ni si quiera vivo allí. Me fui a la ciudad a estudiar bachillerato y luego me mudé más lejos para ir a la universidad. Bajo al pueblo algunos fines de semana, que cada vez son más distantes entre ellos, y sobre todo para fiestas o reuniones familiares.
Las pocas veces que yo había ido allí, no había notado nada raro, pero me di cuenta de que algo no cuadraba cuando vi a mi vecino con el coche de mi madre.
Le pregunté a mi madre si se lo habían vendido o algo así y me dijo que no, que simplemente él podía cogerlo cuando quería. Me pareció raro, pero no hice más preguntas. Me mosqueé cuando fui a cogerlo yo para irme con unas amigas y vi que el coche estaba en reserva, con muy pocos kilómetros de margen para ir a repostar.
Se lo conté a mi madre y me dijo que él no ponía gasolina, que una vez ya se lo dejaron caer, reaccionó mal y al día siguiente en el bar, varias personas fueron a decirle a mi madre que era una desagradecida y que como podía exigirle algo así después de lo que había hecho por su familia. Ella se murió de vergüenza y hasta se disculpó. A partir de ahí ya nunca más le pidieron ni un euro.
¿Perdona?
Yo estaba flipando y bastante cabreada, mi madre estaba algo avergonzada, pero decía que no quería tener problemas con nadie y que era cierto que con él teníamos una deuda grandísima.
Pero a ver, que una cosa era sentirte en deuda y otra darle tu coche a que lo use sin límite y sin poner ni un duro para gasolina.
Se lo intenté hacer entender y entonces se destapó el pastel, lo del coche no era lo único que estaba pasando.
Mi vecino se presentaba a comer con su mujer todos los fines de semana y, si por lo que sea no podían venir, les pedían que les pusieran la comida en un tupper.
También les pedía usar nuestra secadora cada dos por tres, trayendo la ropa mojada de la lavadora y dándosela para que se la devolvieran ya seca y preparada. En alguna ocasión, les dijo que “para ahorrar tiempo”, mejor que le lavasen la ropa directamente mis padres. Esto lo hacían sobre todo sus hijos.
Les pidió una copia de las llaves del garaje, para ir entrando y saliendo a su antojo cuando tuviera que usar las herramientas de mi padre. Ellos no se las habían dado, le dieron largas diciendo que la puerta no funcionaba bien. Y menos mal.
Mis padres intentaron en más de una ocasión poner límites, pero el resultado era siempre el mismo, malas caras, habladurías y consecuencias. Él era un héroe para todo el pueblo y era difícil bajarle de ese pedestal. Además, ya había pasado mucho tiempo y esas cosas se habían convertido ya en costumbres entre ellos y cortarlo en seco, era muy complicado.
No os podéis imaginar la rabia que me dio saber que este tío jeta se estaba aprovechando así de mis padres, que son dos personas buenísimas y que jamás tendrían un problema con nadie.
Me senté a hablar con ellos, pero estaban muy frustrados y resignados. Decían que ya no había manera de detenerlo y que era lo que tocaba.
Yo no quise meterme por respeto, pero me quedé con las ganas de pillarle tanto a él como a sus hijos y gritarles cuatro cosas. Que de verdad lo hubiera hecho, pero sabia que eso significaría que el pueblo les haría la cruz a mis padres y no quería meterles en el lío en el que tanto estaban intentando evitar.
Así que me fui, volví a mi casa con sensación de impotencia y muy cabreada. El hecho de haber tenido un acto (aparentemente) desinteresado, no te da derecho a aprovecharte durante años de las personas implicadas. ¿Qué pensáis?
Anónimo
