Hola, chicas. Vengo a contar lo que lleva años consumiéndome por dentro, pero que cuando por fin consigo asumirlo y empezar a superarlo, me encuentro con que lo «comprenden»
Lo que voy a contar empezó a mis 16 años, cuando conocí a quien fue mi peor pesadilla. Él era uno de los hermanos mayores de una amiga, con 24 años.
Supongo que era demasiado joven para ver que esa relación comenzó con maltrato, cuando al verme besarme con un chico, cuando él y yo no teníamos nada, me dejó de hablar hasta que me arrastré para que me perdonara. Al poco tiempo empezamos a salir y aumentó mi ceguera. Me hablaba de cómo se tiraba a sus ex, me llamaba fea, gorda (decía que no me pusiera tops ombligueros porque mi ombligo era «tan profundo como el oceano»), se reía de mis ideales y los discutía, pisoteaba e insultaba hasta la saciedad, anulandome como persona. Siempre era comparada con una de sus ex, una con un cuerpo normativo, con uno de esos con los que siempre había soñado. Decía que era su mejor amiga, quedaba con ella todas las semanas, hablaba con ella 24/7. Yo tuve que cambiar el nombre de contacto a mi mejor amigo para poder seguir hablando con él. Estaba ciega, pero solo era el principio.
Con el paso del tiempo, mi anulación y comparación fue creciendo hasta el punto que empecé a vomitar cada comida. 7 meses después le confié mi secreto. Me miró decepcionado y me llamó puta bulimica, le había engañado y no tenía derecho a sentirme una víctima.
Lo más aterrador fue que creí sus palabras.
Todo era así, incluso hubo una violación de por medio, aunque nunca me he atrevido a llamarlo así. Me penetró dormida y cuando desperté me agarró del cuello, eyaculó y se quitó para seguir durmiendo. Nunca me había sentido tan usada, tan objeto.
Aguanté dos años más, mientras lo dejaba y volvía con él en numerosas ocasiones. Siempre por pena y promesas de voy a cambiar. Cada vez que lo hacía era por su hermana, que no soportaba verle así, que me quería y me echaba de menos. Una de las últimas veces me dejó dos días antes de selectividad porque no aguantaba mi agobio.
Cuando por fin lo dejé definitivamente, era el World Pride, mi primer año en Madrid y pensaba disfrutarlo al máximo. Me llamó llorando por subir una foto de una actriz diciendo que estaba enamorada de ella. Que lo hacía para humillarlo y que si tan despechaba estaba que ahora era lesbiana. Le dije que si no sabía que soy bisexual y me dijo que dejase de ser tan influenciable.
Ahí acabó todo. No soporté más y exploté. Estaba decidida a no volver con él.
Podría decir que no lo volví a ver, pero no fue así. Cuando comencé mi actual relación su fantasma estaba al acecho, incluso quería venir a Madrid para «tomar un café». Todo era él, ni siquiera soportaba como me tocaba mi pareja los días que él me hablaba.
Años después creía haberlo superado, pero contandole mi historia a una amiga me dice: «Él ya no es así, ahora ha madurado. Tienes que disculparle porque no sabía bien lo que hacía».
Os podéis imaginar mi cara. No me había maltratado psicológicamente, es que era un inmaduro. He pasado años pagando su presencia en mi vida para que ahora resulta que pillé el plátano verde y no maduro.