No tengo buen recuerdo de mi infancia y de mi adolescencia. Ahora, viéndolo con perspectiva, quizás fui una niña un poco redicha, un poco cursi y, por qué no decirlo, un poco princesa. No creo que fuera malo; al final, cada uno somos de una manera. Pero mi manera, con los niños con que coincidí no encajaba.
Mis padres me llevaron al colegio público más cercano a casa y pronto se me complicaron las cosas y empecé a ser el objetivo de burlas y risas. También es cierto que me costaba defenderme, que me callaba y que intentaba que mis padres no notaran nada. Eran otros tiempos, no se hablaba tanto de bullying y puede que los profes no tuvieran tanta consciencia como ahora. Nadie hizo nada y supongo que me marcó.
Cuando cambié al instituto, tuve muchas esperanzas puestas en el nuevo lugar. Pronto comprobé que me equivocaba y mi vida siguió siendo complicada.
A lo que voy es a que me marcó aquella etapa y no es que culpe a mis padres, pero podrían haberse planteado un colegio privado o concertado donde miraran más por mí.
Ya de adulta, tengo amigas que no fueron a colegios públicos y, teniendo personalidades peculiares no tuvieron ningún problema.
Así que, cuando nació mi primer hijo, tuve claro que la elección del colegio era una decisión trascendental. Después de visitar todos los de alrededor de casa (y los lejanos también) encontramos uno privado con un buen concepto educativo, grandes instalaciones y una política antibullying muy potente. Vi clarísimo que era nuestro colegio perfecto. La única pega era el precio, pero qué importa el dinero cuando lo que está en juego es el bienestar de mi hijo.
La verdad que estábamos tan contentos que, cuando nació nuestro segundo hijo no tuvimos ni que plantearnos la decisión.
Dejé de trabajar al nacer mi primer hijo para que no tuviera que ir a la escuela infantil tan pequeño y, antes de empezar el colegio, llegó el segundo, por lo que seguí dedicándome a ellos. Ahora que los dos están en el colegio, es el momento de encontrar trabajo, pero parece que no encajo en nada que me encaje a mí y a mis horarios.
El sueldo de mi marido no es malo, pero una hipoteca, dos mensualidades de colegio, los extras de los niños y la vida en sí es demasiado dinero y casi no llegamos a fin de mes. Si surge algún imprevisto como el dentista o una excursión del cole, ya no salen las cuentas. No es que no ahorremos, es que tenemos que tirar de los pocos ahorros que tenemos muchos meses.
Mi marido me ha dicho que ha estado hablando con vecinos y que hay un colegio público cerca de casa al que van muchos vecinos con el que están muy contentos, con buen nivel educativo, muchas propuestas y también luchando fuerte contra el bullying. En su momento lo visitamos y solo que fuera público me echó para atrás.
Me ha dicho que les cambiemos de colegio, que podríamos ahorrar, tener buenas vacaciones y apuntarles a más actividades. Siempre habla de llevarles a hípica, esgrima o escalada. Él parece tenerlo claro.
Y yo tengo claro que no quiero. No voy a hacer pasar a mis hijos por lo que yo pasé por una cuestión de dinero. Mi marido me repite una y otra vez que mi experiencia no es la de todo el mundo, que nosotros estaremos atentos para evitar que les pase a nuestros hijos, que las cosas han cambiado. Le escucho, lo analizo y vuelvo a la misma conclusión: no irán a un colegio público.