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Mi exmarido y yo nos separamos cuando mi hijo tenía 12 años.
Solo tenemos un hijo, y menos mal, porque ya hubo mucha guerra para que se hiciera cargo de él, de la pensión y de las mil responsabilidades que acarrea un hijo, como para haber tenido más.
En el fondo siempre lo supe, supongo que por esa situación hemos pasado muchas. Siempre supe que era un mal padre, que no estaría a la altura y que me iba a traer mucho dolor y decepciones, pero mira, la ingenuidad de creer que la paternidad le iba a cambiar, pudo conmigo.
No fue un divorcio amistoso. Se portó como un energúmeno e inició una campaña de odio con mi hijo.
Él aparecía un fin de semana al mes, se llevaba a nuestro hijo al cine, a la bolera, a parques de atracciones y a una lista larguísima de sitios divertidos. Cuando volvía de sus quedadas, mi hijo estaba enfadado, me contestaba y se portaba fatal. Venía a rebelarse y claramente se veía la influencia de su padre en todo esto.
Hablé con mi hijo mil veces, tratando de hacerle entender que no había motivos para que se comportase conmigo de esa manera. Y por supuesto, también hablé con mi exmarido, con el que tuvimos mil discusiones porque según él, no estaba haciendo nada malo y si el niño tenía problemas conmigo, tendría sus razones.
La cuestión es que su padre era el guay, el divertido, el que le llevaba a sitios geniales, su héroe, y yo, era la mala, la gritona y la que le regañaba, porque en el día a día me tenía que ocupar de criarle, de que hiciera los deberes y de que se lavase los dientes.
Tuvimos problemas para que pagase la pensión, mi hijo ya era más mayor y empezó a ver lo que hacía su padre, pero jamás se sentó a hablar conmigo del tema o me pidió disculpas, yo veía que cada vez estaba más desencantado, su relación se enfriaba y poco a poco, sobre todo más en la adolescencia, quiso dejar de verle.
Esta situación trajo discusiones y se prolongó porque mi exmarido aseguraba que era culpa mía, aunque mi hijo siempre se hizo cargo de sus decisiones y admitió que era él el que no quería ir, mi exmarido siempre me culpó y aprovechó esas peleas para hacerme la cruz y no querer verme más ni hablar para nada que no fuese relacionado con nuestro hijo.
A mi me dio bastante igual, al revés, creí que había salido ganando con la situación. Mi hijo había visto de lo que era capaz su padre, estaba más unido a mí y encima, mi exmarido me dejaba en paz. Todo era perfecto, o eso pensé, hasta que años después, llegó el anuncio de la boda.
Mi hijo nos dio la noticia en una comida con mi familia y a todos nos hizo mucha ilusión. Nos contaron que la boda estaba prevista para dentro de un año y medio y que nos guardásemos la fecha. Yo estaba emocionada y empecé a mirar vestidos, ofrecer mi ayuda y apoyarles en todo lo necesario.
Ellos aceptaron mi ayuda, que en gran parte fue de organización y logística, y cuando faltaban unos seis meses para la boda, les empecé a notar muy fríos.
Un día confronté a mi hijo y le pregunté por qué de repente se estaban comportando así, si había hecho algo mal o si había pasado algo, y después de darle muchas vueltas, mi hijo me soltó la bomba.
Su padre se había ofrecido a pagarles toda la boda con una única condición: que yo no fuera.
Según me dijeron, en un principio lo habían rechazado, pero al ver todos los gastos que se les venían encima, se lo plantearon y habían decidido aceptar.
Mi exmarido se lo vendió como “una última oportunidad de actuar como un padre y compensar el pasado” y desde el victimismo, les dijo que esperaba que entendiesen que no quería que yo estuviese allí, dada la mala relación que teníamos POR MI CULPA.
Sentí un dolor grandísimo. Me entraron ganas de llorar y me enfadé, me enfadé mucho con mi hijo. No podía creer que me estuviera haciendo esto y que fuese por dinero. Después de todo lo que había pasado con su padre, de todo lo que yo había sacrificado y hecho por él, me dejaba fuera uno de los días más importantes de su vida.
Él vio mi malestar y enseguida redirigió la situación y me dijo que en realidad la boda era una tontería, que ellos se iban a casar el día antes en el ayuntamiento, que eso era lo importante y que allí sí que podía estar yo, porque no iban a invitar a mi exmarido. Que el resto solo era una fiesta y que tampoco iba a ser para tanto.
Pero, si no iba a ser para tanto, ¿Por qué necesitaba tanto el dinero?
Todo era ridículo, pero la verdad es que ninguna excusa del mundo me hubiera hecho sentir mejor.
Durante los 6 meses siguientes, mi hijo y mi nuera hicieron muchos esfuerzos por vernos, mejorar la relación y normalizar un poco todo, pero yo no estaba de humor. Estaba muy dolida y eso no iba a cambiar por invitarme a comer con ellos.
Toda la familia les criticó la decisión y causó problemas y discusiones. Algunos familiares incluso se negaron a ir si no se revertía la situación y tuve que intervenir para mediar y pedirles que no complicasen todo más de lo que estaba.
Por mi parte, de verdad que esperé hasta el último momento a que mi hijo cambiase de opinión. Fui a la boda en el ayuntamiento y fue todo muy bonito, pero era imposible ignorar lo que me iba a perder al día siguiente.
Mi hijo me volvió a pedir perdón y me dijo que esperaba que con el tiempo lo entendiese. Fue la última puñalada antes de que llegasen las fotos y los comentarios y historias de la boda a la que no pude ir.
Desde entonces, mi relación con mi hijo está muy fría. Quizás penséis que soy muy superficial, pero me sentí muy traicionada, de la peor manera y por los peores motivos.
No sé si en algún momento solucionaremos esto, pero nadie me podrá devolver haberme perdido la boda de mi hijo.
