Hoy he leído un post aquí que me ha dejado bastante removida.
Una chica contaba que se había acostado con su primo hermano y lo narraba desde el orgullo, desde la idea de “le di a mi cuerpo lo que quería”, sin conflicto, sin cuestionamiento, sin una sola línea dedicada a pensar en el impacto emocional, familiar o relacional de algo así.
Y no, no lo traigo para señalar a nadie en concreto.
Lo traigo porque creo que es un síntoma de algo más grande que llevamos tiempo normalizando.
Últimamente veo cada vez más relatos donde cualquier acto sexual se legitima automáticamente solo por nacer del deseo. Infidelidades celebradas como empoderamiento. Decisiones que afectan a otras personas —parejas, familias, vínculos— reducidas a un “me prioricé”. Y ahora, incluso, historias que hablan abiertamente de relaciones incestuosas tratadas como si fueran una simple anécdota de autoexploración.
Y aquí es donde siento que nos estamos perdiendo.
La libertad sexual fue una conquista necesaria. Sirvió para romper con la culpa, el control, la vergüenza y el mandato de que el cuerpo de las mujeres pertenecía a otros.
Pero no nació para eliminar la responsabilidad emocional, ni para justificar cualquier cosa con el comodín del deseo.
Porque no todo lo que implica sexo es solo sexo.
Engañar no es solo acostarse con alguien.
Acostarte con alguien dentro de tu propia familia no es solo “escuchar al cuerpo”.
Son decisiones relacionales que no ocurren en el vacío y que afectan a otras personas que no han dado su consentimiento para ese daño, ese conflicto o esa ruptura de límites.
Y lo que más me inquieta no es que se cuenten experiencias complejas —la vida lo es—, sino el orgullo sin reflexión. Ese relato donde no hay duda, ni incomodidad, ni una mínima pregunta ética. Solo un “lo hice porque quise” presentado como valentía.
Sentir deseo es humano.
Tener impulsos es humano.
Pero ser adulto implica algo más que obedecerlos sin filtro.
Cuando cualquier límite se percibe como opresión, cuando cualquier cuestionamiento se tacha de moralismo, cuando pensar en el impacto de nuestros actos se ridiculiza… no estamos siendo más libres. Estamos siendo más egoístas.
Y no, decir esto no es ser puritana, ni retrógrada, ni antifeminista.
La empatía también es un valor progresista.
La responsabilidad afectiva no es conservadora.
Pensar en cómo lo que haces puede afectar a otros no te quita libertad: te da conciencia.
No todo lo que el cuerpo desea es automáticamente justo.
No todo lo que apetece es un acto revolucionario.
No todo lo que se hace “desde el yo” es autocuidado.
Quizá la verdadera evolución no consista en justificar cualquier deseo, sino en atrevernos a mirarlo sin romanticismo.
En reconocer que hay impulsos que existen, sí, pero que no todo impulso merece convertirse en acción celebrada.
Y que la libertad sexual pierde sentido cuando se usa para borrar por completo la pregunta más básica:
¿a quién afecta esto que estoy haciendo?
No escribo esto para dar lecciones ni para señalar historias personales.
Lo escribo porque me preocupa que, en nombre de la libertad, estemos normalizando el egoísmo emocional y llamándolo progreso.
Y porque creo que una comunidad madura no es la que aplaude todo, sino la que se atreve a pensar incluso cuando incomoda.
